La IA es una pasada. De verdad. Porque ha cambiado una cosa muy bestia: ahora el límite no lo pone la herramienta, lo pones tú. Y eso mola… y da un poco de miedo. Yo no soy ningún crack programando: sé algo de Python, algo de PHP, leo código y hago cosillas. Pero con ayuda de la IA he montado cosas que hace nada ni me habría planteado. Sales pensando: “oye, pues igual soy mejor de lo que creía”.
El susto viene cuando te lo empiezas a creer demasiado. Me dijeron que algo que había hecho iría mejor en Go con React. No sé Go. No sé React. Pero pensé: venga, vamos a probar. Y en un rato, con ayuda de la IA, tenía una aplicación funcionando en un lenguaje que no entiendo y con un frontend que no sabría arreglar si se rompe. Y ahí te entra la risa floja… porque muy bien todo, pero ¿cómo te haces responsable de algo que no sabes ni cómo está montado por dentro?
Al final la conclusión es sencilla: la IA no es el problema. El problema sería usarla sin cabeza. Es una herramienta brutal que te multiplica, pero no sustituye tu responsabilidad. Puedes llegar mucho más lejos, sí, pero tienes que saber hasta dónde te puedes comprometer. Porque ahora que podemos hacer casi cualquier cosa… más nos vale saber cuándo decir “hasta aquí”.