¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos!
1 Juan 3:1.
Como mencionamos ayer el gran amor de Dios para hacernos sus hijos en Cristo no es solo una verdad
hermosa pero transformadora. Nuestro nuevo nacimiento en Cristo significa que ahora compartimos su
ADN, por así decirlo. El gran amor de Dios por nosotros en Jesús nos capacita, sí, nos impulsa a pensar,
hablar y actuar más como él. Aún más el amor de Dios nos proporciona la seguridad y la protección para
que vivamos optimistas.
Aquí es donde quiero concluir esta increíble semana de meditar en el amor de Dios. En un mundo
peligroso donde innumerables cosas malas pueden pasar en cualquier momento y cambiar nuestra vida,
por ejemplo, como una pandemia; en un mundo donde nuestra confesión de fe en Cristo a menudo es
rechazada, ¿sabes lo que necesitamos? Necesitamos que Dios haga por nosotros lo que me encanta hacer
por mis hijas, especialmente, la más pequeña: levantarla sobre mis hombros. Casi siempre funciona. No
importa cuán triste o asustada esté, puedo secar sus lágrimas y evaporar sus miedos levantándola sobre
mis hombros y acurrucándola allí como un cordero en un prado. Allí se sienta sobre los hombros de su
papá, feliz, segura, en la cima del mundo. Sobre mis hombros sostenida por mi gran amor por ella no
siente tristeza ni miedo. Allí, como todas mis chicas, se vuelve fuerte, valiente y atrevida, sin miedo al
fracaso.
Escúchame bien, en estas palabras de Juan, nuestro Padre nos levanta sobre sus hombros. Primero, corre
hacia nosotros. “Mira el gran amor que te he prodigado en mi Hijo, para que tú, que todavía vagas,
todavía huyes de mí, todavía dudas de mí, no obstante, seas mi hijo, mi hija”. Y aquí es donde nos
levanta, "¡Y eso (hijo, hija) es lo que eres!" Cuando Juan pone el signo de exclamación en nuestra
identidad y relación con Dios como sus hijos en Jesús, quiere que sintamos las manos de nuestro Padre
bajo nuestras axilas, que nos alcen sobre sus hombros y nos acomoden allí. Allí nos curamos de nuestras
heridas y miedos. ¡Allí nos sentamos en Cristo, sanos y salvos, fuertes y valientes!
Oración:
Queridísimo Padre, a veces siento temor y tristeza por lo que experimento en la vida y por lo que
encuentro dentro de mí. Por eso fijo mis ojos en Cristo. Levántame en él. Amén.