El sol comenzaba a desaparecer en la línea del horizonte, en la ruta 466 en California. Era 30 de septiembre de 1955, y un Porsche plateado se deslizaba a toda velocidad hacia el oeste. En el asiento del conductor iba un joven de apenas veinticuatro años, con mirada rebelde y un cigarrillo encendido: James Byron Dean, el actor que en pocos meses había conquistado a Hollywood y que, sin saberlo, estaba a punto de inmortalizarse en la historia.