Durante décadas, las mujeres chilenas habían hablado en voz baja en los márgenes de la historia, participando activamente en la vida social, cultural y familiar del país, pero sin un lugar pleno en el espacio donde se tomaban las decisiones. A mediados del siglo XX, Chile aún era una república donde la ciudadanía estaba incompleta: la mitad de su población no podía elegir a quienes gobernaban ni ser elegida. Sin embargo, esa ausencia no era pasiva. Desde principios del siglo, clubes femeninos, organizaciones civiles, profesoras, escritoras y dirigentas sociales habían ido tejiendo una red de demandas, argumentos y convicciones que empujaban, poco a poco, los límites de lo posible.