En una oficina del CERN, en Ginebra, en un acto sin corte de cintas ni discursos grandilocuentes, se presentó una una idea, escrita con precisión técnica, que empezaba a cambiar el curso de la historia.
El mundo, entonces, era otro. Internet existía, sí, pero era un territorio áspero, reservado para científicos y universidades. Había cables, protocolos y terminales negras con letras verdes. Pero no había ventanas abiertas al infinito. No había enlaces que nos llevaran, con un clic, de una página a otra como quien cruza una puerta.