El 17 de febrero de 1904, el majestuoso Teatro la Scala de Milán se preparaba para un nuevo estreno. En el foso, la orquesta afinaba. En los palcos, la expectación era alta. Esa noche debutaba una nueva ópera de Giacomo Puccini, ya reconocido por títulos como La Bohème y Tosca. Su nombre garantizaba emoción. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de ocurrir.