Un día como hoy, 27 de enero de 1945, las puertas del infierno se abrieron. Fue el Ejército Rojo quien las atravesó. Al llegar al complejo de Auschwitz-Birkenau, en el sur de la Polonia ocupada, no encontraron resistencia. Solo silencio. Un silencio denso, casi sólido, que flotaba entre los barracones de madera, los alambres de púas y los hornos apagados. La maquinaria del horror había intentado ocultar su estela: documentos quemados, cámaras de gas demolidas, cadáveres sin enterrar, pertenencias apiladas como inventario de una barbarie imposible.