El verano avanzaba en Santiago aquel 22 de enero de 1826. La ciudad, todavía marcada por el eco reciente de la Independencia, amanecía sin saber que estaba a punto de cerrar uno de los capítulos más largos de la dominación española en Sudamérica. Mientras el resto del continente ya había dado vuelta la página colonial, un archipiélago al sur, envuelto en lluvias, leyendas y mareas impredecibles, seguía siendo fiel a la Corona. Hasta ese día.