Era 26 de enero de 1934, y el invierno mordía las veredas de Nueva York y la Gran Depresión seguía haciendo de las suyas, pero en la calle 125 algo distinto estaba a punto de ocurrir: el Teatro Apolo volvía a abrir sus puertas. No era solo la reapertura de una sala; era el regreso de una promesa. Las luces se encendían otra vez para un barrio que necesitaba música, risas y aplausos tanto como pan caliente.