El invierno en San Petersburgo no daba tregua. El frío calaba los huesos, pero no lograba silenciar el murmullo que empezaba a crecer en las calles. Las colas frente a las panaderías eran largas, interminables. El pan escaseaba, el cansancio se acumulaba y la guerra —lejana y brutal— pesaba como una sombra constante sobre la ciudad. Ese día, las mujeres salieron primero. Obreras, madres, esposas. No llevaban armas, solo consignas simples y urgentes: pan, trabajo, dignidad.