En 2009, cuando los teléfonos inteligentes todavía eran un objeto de curiosidad más que una extensión del cuerpo, comenzó a funcionar una aplicación que parecía discreta, casi modesta. Se llamaba WhatsApp, había sido creado por Jan Koum y Brian Acton y no prometía revolucionar el mundo. Su idea era simple: permitir que los mensajes llegaran sin depender de los costosos SMS y sin fronteras visibles. En ese primer momento, pocos imaginaron hasta dónde llegaría.