Aún no amanecía en Santiago, pero algo empezó a moverse entre las sombras. No era el rumor de los mercados ni el trote de los caballos sobre la tierra húmeda, sino una idea recién impresa, que olía a tinta fresca y a papel nuevo. Era 13 de febrero de 1812 y Chile despertaba con una voz que hasta entonces no había tenido nombre: La Aurora de Chile.