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Atomic Robo-Kid, de UPL, finales de los 80 —1988, si nos ponemos precisos, aunque ya sabéis que aquí la precisión nos dura lo que un crédito bien jugado—. Otro “putas naves”… pero con ese giro raro que tenían algunos en la época, cuando todavía no estaba todo decidido y alguien en la oficina decía “¿y si en vez de ir solo hacia adelante dejamos que el jugador vaya… pues… donde le dé la gana?” y nadie lo despedía en el acto.
Que tiene su cosa, ojo. No es el típico clon sin alma. Tiene ese aire de experimento ochentero, de “vamos a probar esto a ver qué pasa”, con enemigos que salen y salen y vuelven a salir, rutas que no siempre están claras y una dificultad que, sin ser injusta del todo, tampoco te pone alfombra roja. Vamos, que hay que jugarlo… no vale con mirar un vídeo mientras haces otra cosa… que aquí hay que implicarse… y claro, eso ya sabemos cómo va en este salón.
Porque luego está lo de siempre.
¿Han llegado muchos?
Mira, a estas alturas ya da igual.
Que esa es otra.
¿Que estaba yo contando?
Ah, sí… Atomic Robo-Kid… o los comentarios… o la existencia…
El caso es que el programa habrá quedado como habrá quedado.
Porque aquí seguimos, una semana más,
pero que tiene su hueco… como este podcast…
pero aquí sigue.
Por pura inercia.
Y mientras tanto, uno escribe estas descripciones que se alargan más de lo necesario —o quizá no, porque ya que el audio dura lo que dura, por cojones (o por desidia, yo qué sé) al menos que esto tenga chicha— y se pierde entre frases, subordinadas, recuerdos de otros episodios, de otras quejas, de otros intentos de entender qué estamos haciendo exactamente aquí…
Y la respuesta, como siempre, se escapa.
Pero da igual.
Porque la semana que viene…
📬 Vías de contacto (por mantener las formas):
Comentad.
Total…
By A.C.H.U.S.Atomic Robo-Kid, de UPL, finales de los 80 —1988, si nos ponemos precisos, aunque ya sabéis que aquí la precisión nos dura lo que un crédito bien jugado—. Otro “putas naves”… pero con ese giro raro que tenían algunos en la época, cuando todavía no estaba todo decidido y alguien en la oficina decía “¿y si en vez de ir solo hacia adelante dejamos que el jugador vaya… pues… donde le dé la gana?” y nadie lo despedía en el acto.
Que tiene su cosa, ojo. No es el típico clon sin alma. Tiene ese aire de experimento ochentero, de “vamos a probar esto a ver qué pasa”, con enemigos que salen y salen y vuelven a salir, rutas que no siempre están claras y una dificultad que, sin ser injusta del todo, tampoco te pone alfombra roja. Vamos, que hay que jugarlo… no vale con mirar un vídeo mientras haces otra cosa… que aquí hay que implicarse… y claro, eso ya sabemos cómo va en este salón.
Porque luego está lo de siempre.
¿Han llegado muchos?
Mira, a estas alturas ya da igual.
Que esa es otra.
¿Que estaba yo contando?
Ah, sí… Atomic Robo-Kid… o los comentarios… o la existencia…
El caso es que el programa habrá quedado como habrá quedado.
Porque aquí seguimos, una semana más,
pero que tiene su hueco… como este podcast…
pero aquí sigue.
Por pura inercia.
Y mientras tanto, uno escribe estas descripciones que se alargan más de lo necesario —o quizá no, porque ya que el audio dura lo que dura, por cojones (o por desidia, yo qué sé) al menos que esto tenga chicha— y se pierde entre frases, subordinadas, recuerdos de otros episodios, de otras quejas, de otros intentos de entender qué estamos haciendo exactamente aquí…
Y la respuesta, como siempre, se escapa.
Pero da igual.
Porque la semana que viene…
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