Berlín despertó envuelto en un invierno áspero, con el ánimo colectivo tan gris como el cielo. Alemania llevaba años atrapada en una sucesión de crisis, promesas rotas y gobiernos frágiles que no lograban devolver la estabilidad perdida tras la Primera Guerra Mundial. Aquel 30 de enero, en ese clima de cansancio y frustración, una decisión tomada en los salones del poder cambiaría para siempre el rumbo del país y del mundo: Adolf Hitler asumía como Canciller del Reich.