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¿Cuántas veces desearíamos comenzar de nuevo, volver al punto de partida? Regresar a ese momento y cambiar aquella decisión; no haber dejado ir a aquella persona, haber aceptado ese trabajo ¿haber dicho que si ó haber dicho que no? Por otro lado, cuantas veces, sentimos ¡que nos han devuelto al comienzo cuando menos lo queríamos! jaja. Que ironía, ¿verdad? Pero ¡así nos pasa! Ya estamos despegando y vemos que lo que hemos trabajado prospera y trasciende y de repente: Volvemos a ese punto- a ese punto detrás de la línea de salida.
Cuando al fin pensábamos estar listos para lo próximo, nos envían de vuelta al desierto...al punto de partida.
Siempre me ha intrigado este proceso y por qué llega en el momento en que llega y un día, mientras me lo cuestionaba, pensé en Felipe. Si, porque aunque casi todos los hombres de la escritura tienen al desierto como escenario en común, Felipe no es uno de los más mencionados.
De hecho, no se cuántas veces he escuchado una predicación con su nombre, sin embargo, uno de los eventos mas impactantes relatado en las Escrituras envuelven a este hombre que pareciendo estar en el gran momento de su carrera ministerial, es devuelto a lo que parece ser la linea de salida en el desierto.
Este relato se encuentra en Hechos capitulo 8:26, donde dice un ángel le dice a Felipe que vaya al camino que va de Jerusalén a Gaza, que es desierto.
Luego del gran acontecimiento de la resurrección de Jesucristo y la ascensión, luego de la gran manifestación del Espíritu de Dios en el aposento Alto, luego haber recibido la promesa del Consolador y haber sido envestido de poder para al fin cumplir con la orden del de anunciar este evangelio, de haber predicado a multitudes, haber sanado enfermos, de libertar cautivos - Felipe termina en el desierto. Y no quiero ser sarcástica pero siempre trato de contextualizar lo que leo y pienso en este estudiante que se ha fajado(esforzado) todos sus años de estudio, se gradúa con honores, hace su práctica con el mejor de los expertos en su área y cuando al fin tiene los estudios, la experiencia y el aval de ese experto, es enviado otra vez al area de archivos en la gran compañía. Y ahí estaba Felipe.
Mientras Pedro salía en los periódicos por su gran su valor frente a los gobernantes, mientras en todo sitio se hablaba del gran mártir de Esteban y cómo murió anunciando valerosamente su fe, Felipe de repente se encuentra en una roca, tratando de guarecerse del sol debajo de una higuera. Mirando a la nada en el desierto. ¿Te has sentido así? ¡Pues no eres el único!
La trascendencia en el ministerio. ¡Cómo la anhelamos aunque no la mencionemos! Y aunque tampoco Felipe habló de eso, no dudo que en algún momento bajo el crudo sol de medio día lo haya pensado. “¡Quién me dijo! ¡Quién me manda! ¡Esos tres años con Jesús los pude haber invertido en otra cosa! Es cierto que vi milagros y todo eso, pero a lo mejor no soy quien pensaba ser. A lo mejor no tuve discernimiento suficiente para entender Su propósito conmigo. Si así hubiese sido, no estaría ahora en el desierto!”
¡Ay! El desierto. ¡Creo que es el escenario menos deseado del mundo! Sin embargo, es el escenario que todos tenemos en común, ¿cierto? Y ¿por qué? y ¿para qué? Bueno. ¿Sabías que el mejor lugar para agudizar tus sentidos es el desierto? No es lo mismo dormir en nuestra casa que dormir en un desierto. ¡No! Estando en nuestra casa se puede caer el mundo afuera y muchas veces ni cuenta nos damos! De hecho, podemos acostumbrarnos de tal manera al ruido de afuera que ni lo escuchamos más. Pero estoy segura de que en el desierto es distinto. En el desierto estamos pendientes a todos los ruidos alrededor, a todo lo que se mueve y se arrastra, a todas las sensaciones debajo de nuestros pies, a lo que pasa frente y tras nuestra espalda. En el desierto no estamos dormidos, estamos vigilantes.
Y ahí estaba Fe
Una de mis grandes luchas desde muy pequeña fue la timidez. Y aunque muchos no me lo crean, no me gustaban las fotos y de hecho, ¡me escondía detrás de otros!
¿Sabes qué? Por más valientes que aparentemos ser, todos en algun momento y si no siempre, hemos experimentado ese temor o como muchos le llaman, pánico escénico.
Es importante reconocer que aunque hay factores que pueden agravar la timidez, el denominador común de todos los que la experimentamos es nuestra necesidad de aprobación. Todos necesitamos ser aprobados y aceptados. Lamentablemente tenemos la inevitable tendencia de compararnos con otros y muy dentro sentimos la presión de estar en esa constante competencia. Esa presión produce en nosotros un temor a no dar el grado y ser rechazados.
Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente porque Jehová tu Dios estará contigo ¡donde quiera que vayas! Josue 1:9
Si Dios dice que que nadie nos podrá hacer frente (o sea, que Él mismo peleará por nosotros) y que ya nos dio la tierra para poseer...entonces, ¿para qué nos tenemos que esforzar y ser valientes? ¿No sería lógico que si Él ya nos ha entregado todo, nos diga que en vez de esforzarnos, estemos quietos? ¿No sería lógico que si Él va pelear por nosotros, nos diga que estemos tranquilos en vez de que procuremos ser valientes?
Hoy Dios nos dice que nos esforcemos y seamos valientes, pero no con enemigos externos, sino con los internos.
No olvido mi primer ensayo ya como Ministro de Adoración. Eramos 5 músicos: bajo, batería, piano y dos guitarristas. "'¡No está nada mal!", pensé. Y con gran expectativa y entusiasmo abrí nuestra carpeta de canciones. Hice la señal y todos atentos dieron el primer acorde.
Aun recuerdo el balde de agua fría en mi espalda. El ritmo de la canción no era el que suponía ser; el bajo estaba en desacuerdo del kick; la guitarra parece que estaba en otro acorde que creo que no pertenecía a ninguna escala y ¿las voces? ¡Pues parece que ese día se fueron al devocional de otro servicio! Así fueron todos los ensayos subsiguientes y así comenzó mi "quest" por esa estrategia que me ayudara a salir de este caos.
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