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Largos años atrás, vivía yo en Jerusalem; y me ayudaba a trasladarme un viejísimo Seat Ibiza con motor Porsche, desprovisto de aire acondicionado entre otros lujos. Le llamábamos Nisim, que significa “milagros” en hebreo.
Me llevaba allí la aglomeración de librerías, bibliotecas y espacios de estudio que guardan, a todo lo largo de su zona, los guardianes del Libro. Estacioné a Nisim en un pequeño callejón, con el cordón de la vereda dispuesto a modo de eje de simetría del auto que quedó inclinado unos 30 grados, y emergí a la calle como trepando. Tras media hora de recorrida buscando unos libros que no encontré, con decenas de referencias en el bolsillo de dónde continuar buscando y las gotas de sudor esponjándome la barba, regresé al auto con la plena voluntad de continuar huyendo, ahora del calor agobiante, rumbo hacia cualquier lugar con aire acondicionado y bebidas frías de cualquier tipo, y aún coqueteando íntimamente con la idea de la piscina en el centro comunitario de Nevéh Iaakóv. Mas cuando me aprestaba a sacar las llaves superfluas del bolsillo, se me acercó, con toda la physique du rol del barrio, alguien con medio ambo azul y medio negro, sombrero caído de algún modo sobre la cabeza coronada por debajo de una barba desgreñada del negro deslucido de algún carbón, y me preguntó en hebreo:
- "¿Hay por acá dónde comprar un traje?"
Tuve claro inmediatamente que casi lo único que se encuentra tras las vidrieras del barrio, además de librerías, es sastrerías para hombres y tiendas de ropa para señoras que ponen énfasis en el pudor. La perplejidad me acometió de inmediato. Le dije:
- "Sí, claro, hay muchísimos lugares por aquí donde comprar un traje".
- "¿Dónde hay algún lugar en que pueda comprar un traje?", insistió.
Minutos antes, mientras regresaba rumbo al auto, había pasado frente a una enorme sastrería, en una esquina de la misma calle en que este diálogo tenía lugar. De modo que le indiqué:
Torné nuevamente hacia la puerta izquierda del auto con las llaves en la mano, sorteé la puertita del tanque de nafta que está suelta y el espejito que cuelga inane junto a mi ventanilla, y cuando me disponía a abrir e ingresar en mi sauna seco personal, lo vi volver hacia mí, sonriendo humildemente:
- "¿Cuántos minutos son cien metros?", me preguntó con tono de estar haciendo la más normal de las preguntas.
Pensé brevemente, y le dije:
- "Son unos cien pasos".
- "Ah, unos cien pasos. Está bien". Sonrió y se fue, con paso calmo, como bailando, como sosteniéndose con dificultad asido a tierra, como habiendo cumplido su misión. Como habiéndose librado de un viejo lastre que, hecho luz, me había pasado a mí, para que me las arreglara con eso de medir las distancias en unidades de tiempo.
***
Largos años atrás, vivía yo en Jerusalem; y me ayudaba a trasladarme un viejísimo Seat Ibiza con motor Porsche, desprovisto de aire acondicionado entre otros lujos. Le llamábamos Nisim, que significa “milagros” en hebreo.
Me llevaba allí la aglomeración de librerías, bibliotecas y espacios de estudio que guardan, a todo lo largo de su zona, los guardianes del Libro. Estacioné a Nisim en un pequeño callejón, con el cordón de la vereda dispuesto a modo de eje de simetría del auto que quedó inclinado unos 30 grados, y emergí a la calle como trepando. Tras media hora de recorrida buscando unos libros que no encontré, con decenas de referencias en el bolsillo de dónde continuar buscando y las gotas de sudor esponjándome la barba, regresé al auto con la plena voluntad de continuar huyendo, ahora del calor agobiante, rumbo hacia cualquier lugar con aire acondicionado y bebidas frías de cualquier tipo, y aún coqueteando íntimamente con la idea de la piscina en el centro comunitario de Nevéh Iaakóv. Mas cuando me aprestaba a sacar las llaves superfluas del bolsillo, se me acercó, con toda la physique du rol del barrio, alguien con medio ambo azul y medio negro, sombrero caído de algún modo sobre la cabeza coronada por debajo de una barba desgreñada del negro deslucido de algún carbón, y me preguntó en hebreo:
- "¿Hay por acá dónde comprar un traje?"
Tuve claro inmediatamente que casi lo único que se encuentra tras las vidrieras del barrio, además de librerías, es sastrerías para hombres y tiendas de ropa para señoras que ponen énfasis en el pudor. La perplejidad me acometió de inmediato. Le dije:
- "Sí, claro, hay muchísimos lugares por aquí donde comprar un traje".
- "¿Dónde hay algún lugar en que pueda comprar un traje?", insistió.
Minutos antes, mientras regresaba rumbo al auto, había pasado frente a una enorme sastrería, en una esquina de la misma calle en que este diálogo tenía lugar. De modo que le indiqué:
Torné nuevamente hacia la puerta izquierda del auto con las llaves en la mano, sorteé la puertita del tanque de nafta que está suelta y el espejito que cuelga inane junto a mi ventanilla, y cuando me disponía a abrir e ingresar en mi sauna seco personal, lo vi volver hacia mí, sonriendo humildemente:
- "¿Cuántos minutos son cien metros?", me preguntó con tono de estar haciendo la más normal de las preguntas.
Pensé brevemente, y le dije:
- "Son unos cien pasos".
- "Ah, unos cien pasos. Está bien". Sonrió y se fue, con paso calmo, como bailando, como sosteniéndose con dificultad asido a tierra, como habiendo cumplido su misión. Como habiéndose librado de un viejo lastre que, hecho luz, me había pasado a mí, para que me las arreglara con eso de medir las distancias en unidades de tiempo.
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