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Or
Esto ocurrió cuando fui corriendo por aquel túnel. Mis compañeros confiaban en mí. El túnel estaba lleno de humo de tantos orígenes y colores, lleno de aromas de nostalgia y recuerdo moroso. Y había como un muro que se derrumbaba sucesivamente una y otra vez, sobre las cabezas de hombres que se arrepentían de puro miedo: los había, entre ellos, que me habían acompañado en otros tiempos.
Mi túnel llegó a su final, y desembocó en un parque verde y nocturno, con plazas infinitas y troncos erguidos inútil¬mente en su contorno imposible.
Mi compañía se retrasó contemplando esa delusión de paraíso. Yo proseguí solo, sabiendo que tocaba traspasar algún límite, confundido por que no se dejara advertir límite alguno frente a mí. Llegué así a un muro rosáceo que decididamente debía tener fin, aunque no fuera evidente. Me asombró que no se esfumara al ser golpeado por mi mano abierta. Su respuesta de frialdad y dolor me recordó a qué vinimos.
Me alcanzaron luego los rezagados, incluidos ella y aquél, y todos mis amores de abstracción y fantas¬ía. Y, apoyados en mi mano extendida, treparon todos el muro y pasaron al otro lado, sintiendo con emoción el vigor de sus piernas.
Ya no importa que duela la mano que fue mía, ahora que de este lado quedé solo, yo y la memoria del túnel, y del muro rosa que se abatía sobre las cabezas de los hombres. Empiezo a caminar. A mis espaldas, el muro pierde consistencia y se desvanece. Sale el sol, siempre de frente, siempre alargando mi sombra sobre el camino que fui.
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¿Me ayudas a sostener esta labor que hago por amor?
Acompáñame en https://patreon.com/danielginerman, por el monto que tú prefieras, y pasarás a estar en el grupo de "alta prioridad" para mi atención personal, cuando la requieras.
¿Quieres conocer más de lo que hago? Pásate por https://youtube.com/kolisraeltv, o ubica a @danielginerman en las plataformas sociales.
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Mi compañía se retrasó contemplando esa delusión de paraíso. Yo proseguí solo, sabiendo que tocaba traspasar algún límite, confundido por que no se dejara advertir límite alguno frente a mí. Llegué así a un muro rosáceo que decididamente debía tener fin, aunque no fuera evidente. Me asombró que no se esfumara al ser golpeado por mi mano abierta. Su respuesta de frialdad y dolor me recordó a qué vinimos.
Me alcanzaron luego los rezagados, incluidos ella y aquél, y todos mis amores de abstracción y fantas¬ía. Y, apoyados en mi mano extendida, treparon todos el muro y pasaron al otro lado, sintiendo con emoción el vigor de sus piernas.
Ya no importa que duela la mano que fue mía, ahora que de este lado quedé solo, yo y la memoria del túnel, y del muro rosa que se abatía sobre las cabezas de los hombres. Empiezo a caminar. A mis espaldas, el muro pierde consistencia y se desvanece. Sale el sol, siempre de frente, siempre alargando mi sombra sobre el camino que fui.
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