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El domingo pasado contemplábamos el desierto como lugar de combate. Hoy la Iglesia nos lleva a un monte. Pero no son realidades opuestas. Como recuerda Benedicto XVI, los montes de la vida de Jesús forman una unidad: el monte de la tentación, el monte del Sermón, el monte de la oración, el monte de la Transfiguración, el monte de la agonía, el monte de la cruz y, finalmente, el monte de la ascensión.
El monte es el lugar de la máxima cercanía de Dios. Es el espacio donde se revela quién es Jesús y cuál es su misión.
Después del combate en el desierto, Jesús sube con tres discípulos a un monte alto. La Cuaresma tiene este ritmo: primero la purificación, luego la luz. No es casualidad que el Evangelio de la Transfiguración se proclame siempre en el segundo domingo. Antes de avanzar hacia la cruz, necesitamos ver quién es realmente el que camina hacia ella.
La primera lectura nos presenta a Abram. Todo comienza con una palabra:
“Deja tu país… y vete a la tierra que yo te mostraré.”
Abram no sabe a dónde va. No tiene mapa. No tiene garantías. Solo tiene una promesa. Y parte. La fe comienza así: no con una explicación completa, sino con una confianza.
La Transfiguración es también promesa: una anticipación de lo que será revelado plenamente en la Pascua.
Jesús “toma consigo” a Pedro, Santiago y Juan y los hace subir a un monte alto. La fe siempre implica un movimiento: salir de lo conocido, subir, dejar el nivel ordinario para entrar en la perspectiva de Dios.
Y allí ocurre algo sorprendente: Jesús se transfigura. Su rostro resplandece, sus vestiduras se vuelven blancas. No es que Jesús cambie. Es que por un momento se manifiesta lo que siempre ha sido.
By Padre Luis M Flores AlvaEl domingo pasado contemplábamos el desierto como lugar de combate. Hoy la Iglesia nos lleva a un monte. Pero no son realidades opuestas. Como recuerda Benedicto XVI, los montes de la vida de Jesús forman una unidad: el monte de la tentación, el monte del Sermón, el monte de la oración, el monte de la Transfiguración, el monte de la agonía, el monte de la cruz y, finalmente, el monte de la ascensión.
El monte es el lugar de la máxima cercanía de Dios. Es el espacio donde se revela quién es Jesús y cuál es su misión.
Después del combate en el desierto, Jesús sube con tres discípulos a un monte alto. La Cuaresma tiene este ritmo: primero la purificación, luego la luz. No es casualidad que el Evangelio de la Transfiguración se proclame siempre en el segundo domingo. Antes de avanzar hacia la cruz, necesitamos ver quién es realmente el que camina hacia ella.
La primera lectura nos presenta a Abram. Todo comienza con una palabra:
“Deja tu país… y vete a la tierra que yo te mostraré.”
Abram no sabe a dónde va. No tiene mapa. No tiene garantías. Solo tiene una promesa. Y parte. La fe comienza así: no con una explicación completa, sino con una confianza.
La Transfiguración es también promesa: una anticipación de lo que será revelado plenamente en la Pascua.
Jesús “toma consigo” a Pedro, Santiago y Juan y los hace subir a un monte alto. La fe siempre implica un movimiento: salir de lo conocido, subir, dejar el nivel ordinario para entrar en la perspectiva de Dios.
Y allí ocurre algo sorprendente: Jesús se transfigura. Su rostro resplandece, sus vestiduras se vuelven blancas. No es que Jesús cambie. Es que por un momento se manifiesta lo que siempre ha sido.