El domingo pasado acompañábamos a Jesús y a sus discípulos hasta Cesarea de Filipo.
Allí Pedro confesó: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Y Jesús respondió revelándole su propia identidad: «Tú eres Pedro.»
Descubríamos entonces una verdad profundamente consoladora.
El Padre revela quién es el Hijo.
Y el Hijo revela quiénes somos nosotros.
Pero el Evangelio de hoy da inmediatamente un paso más.
Porque recibir una identidad no significa haber llegado ya a ella.
Pedro ya ha escuchado: «Tú eres Pedro.»
Pero todavía necesita llegar a ser esa roca que Cristo contempla en él.
Por eso Jesús comienza a anunciar por primera vez su pasión.
Dice que debe ir a Jerusalén.
Que debe sufrir.
Que será rechazado.
Que morirá.
Y que resucitará al tercer día.
Entonces Pedro reacciona.
«¡Eso no te puede suceder!»
Es una frase que nace del cariño.
Pedro ama sinceramente a Jesús.
Pero todavía piensa como los hombres y no como Dios.
Sin darse cuenta, Pedro no sólo está rechazando el sufrimiento de Jesús.
También está rechazando el camino que un día él mismo deberá recorrer.
Porque si el Maestro pasa por la cruz...
también el discípulo.
Entonces Jesús pronuncia unas palabras muy fuertes: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!»
Muchas veces pensamos que Jesús está rechazando a Pedro.
Pero el Evangelio dice algo mucho más hermoso.
Jesús no lo expulsa.
Lo vuelve a colocar en su lugar.
El discípulo no camina delante del Maestro diciéndole cuál debe ser el camino.
El discípulo camina detrás de Él.
Sólo siguiendo a Cristo podrá llegar a ser aquello que Cristo ya le ha dicho que es.