Jesús dice hoy:
“En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones.”
No está hablando solo de un lugar lejano después de la muerte.
Está revelando algo más profundo:
Dios quiere habitar con nosotros.
Toda la historia de la salvación puede leerse como el deseo de Dios de morar en medio de su pueblo. Este deseo que nos remite el jardín del Edén, donde Dios habitaba con nuestros primeros padres. Podríamos decir que, en cierto sentido, quien fue “desterrado” de ese jardín no fue el hombre, sino Dios mismo, cuyo lugar quedo vacío en el corazón de la creación.
En la historia de Israel, el templo era el signo visible de esa presencia.
Pero ahora Jesús revela que Él mismo es el verdadero lugar donde Dios habita.
Por eso le dice a Felipe:
“Quien me ve a mí, ve al Padre.”
En Jesús, Dios se deja ver.
En Jesús, Dios se hace cercano.
En Jesús, Dios prepara una casa para nosotros.
Pero la Pascua da un paso más:
Cristo resucitado no solo habita entre nosotros;
quiere habitar en nosotros
y hacer de su Iglesia un templo vivo.