El Oyente de la Palabra

El Oyente de la Palabra

By Padre Luis M Flores AlvaReligion & SpiritualityChristianity
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El Oyente de la Palabra episodes

  • Solemnidad de Todos los Santos

    Mateo 5: 1-12 

    En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:
    "Dichosos los pobres de espíritu,
    porque de ellos es el Reino de los cielos.
    Dichosos los que lloran,
    porque serán consolados.
    Dichosos los sufridos,
    porque heredarán la tierra.
    Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia,
    porque serán saciados.
    Dichosos los misericordiosos,
    porque obtendrán misericordia.
    Dichosos los limpios de corazón,
    porque verán a Dios.
    Dichosos los que trabajan por la paz,
    porque se les llamará hijos de Dios.
    Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
    porque de ellos es el Reino de los cielos.
    Dichosos serán ustedes, cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos".

    12 min
  • Amarás al Señor, tu Dios...

    Mateo 22, 34-40 

    En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?"
    Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas".

    11 min
  • Den al César lo que es del César...

    Mateo 22, 15-21 

    En aquel tiempo, se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús, con preguntas insidiosas, en algo de que pudieran acusarlo.
    Le enviaron, pues, a algunos de sus secuaces, junto con algunos del partido de Herodes, para que le dijeran: "Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que nada te arredra, porque no buscas el favor de nadie. Dinos, pues, qué piensas: ¿Es lícito o no pagar el tributo al César?"
    Conociendo Jesús la malicia de sus intenciones, les contestó: "Hipócritas, ¿por qué tratan de sorprenderme? Enséñenme la moneda del tributo". Ellos le presentaron una moneda. Jesús les preguntó: "¿De quién es esta imagen y esta inscripción?" Le respondieron: "Del César". Y Jesús concluyó: "Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios".

    10 min
  • El Reino de los cielos es semejante a un rey...

    Mateo 22: 1-14

    En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.
    Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: 'Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda'. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.
    Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
    Luego les dijo a sus criados: 'La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren'. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.
    Cuando el rey entró a saludar a los convidados vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: 'Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?' Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: 'Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos".

    9 min
  • Había una vez un propietario que plantó un viñedo...

    Hoy Jesús continúa hablando con los mismos sumos sacerdotes y ancianos.

    Y vuelve a llevarnos a una viña.

    Pero esta vez la pregunta es todavía más profunda.

    Ya no se trata solamente de:

    ¿Haré lo que Dios me pide?

    Ahora la pregunta es:

    ¿De quién es la viña?

    Jesús dice que un propietario plantó una viña.

    La rodeó con una cerca.

    Cavó un lagar.

    Construyó una torre.

    Y después la confió a unos viñadores.

    La viña era verdaderamente confiada a sus manos.

    Ellos podían trabajarla.

    Podían cultivarla.

    Podían disfrutar de sus frutos.

    Tenían una verdadera responsabilidad sobre ella.

    Pero había algo que nunca debían olvidar:

    La viña no era suya.

    Ellos eran viñadores.

    No propietarios.

    Y ése es precisamente el problema.

    Poco a poco comenzaron a comportarse como si aquello que habían recibido les perteneciera.

    Cuando el dueño envió a sus criados para recoger los frutos, los golpearon, los apedrearon y los mataron.

    Finalmente el propietario dijo:

    «Les mandaré a mi hijo. A él lo respetarán».

    Pero cuando vieron al hijo dijeron:

    «Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia».

    Ése es el corazón de la parábola.

    Quieren la herencia, pero no quieren al Hijo.

    Quieren quedarse con los dones del Padre...

    pero sin el Padre.

    Quieren disfrutar de la viña...

    pero olvidándose de quién es.

    8 min
  • El que quiera venir conmigo...

    El domingo pasado acompañábamos a Jesús y a sus discípulos hasta Cesarea de Filipo.

    Allí Pedro confesó: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

    Y Jesús respondió revelándole su propia identidad: «Tú eres Pedro.»

    Descubríamos entonces una verdad profundamente consoladora.

    El Padre revela quién es el Hijo.
    Y el Hijo revela quiénes somos nosotros.

    Pero el Evangelio de hoy da inmediatamente un paso más.

    Porque recibir una identidad no significa haber llegado ya a ella.

    Pedro ya ha escuchado: «Tú eres Pedro.»

    Pero todavía necesita llegar a ser esa roca que Cristo contempla en él.

    Por eso Jesús comienza a anunciar por primera vez su pasión.

    Dice que debe ir a Jerusalén.
    Que debe sufrir.
    Que será rechazado.
    Que morirá.
    Y que resucitará al tercer día.

    Entonces Pedro reacciona.

    «¡Eso no te puede suceder!»

    Es una frase que nace del cariño.

    Pedro ama sinceramente a Jesús.

    Pero todavía piensa como los hombres y no como Dios.

    Sin darse cuenta, Pedro no sólo está rechazando el sufrimiento de Jesús.

    También está rechazando el camino que un día él mismo deberá recorrer.

    Porque si el Maestro pasa por la cruz...

    también el discípulo.

    Entonces Jesús pronuncia unas palabras muy fuertes: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!»

    Muchas veces pensamos que Jesús está rechazando a Pedro.

    Pero el Evangelio dice algo mucho más hermoso.

    Jesús no lo expulsa.

    Lo vuelve a colocar en su lugar.

    El discípulo no camina delante del Maestro diciéndole cuál debe ser el camino.

    El discípulo camina detrás de Él.

    Sólo siguiendo a Cristo podrá llegar a ser aquello que Cristo ya le ha dicho que es.

    7 min
  • Tu eres el Mesías...

    Durante varias semanas Jesus, a través del evangelio de san Mateo, ha ido conduciendo pacientemente a sus discípulos.

    Hace dos domingos nos enseñó a reconocer su presencia en medio de las tormentas y, el domingo pasado, a ensanchar el corazón hasta hacerlo participar de la misericordia de Dios para todos los pueblos.

    Hoy ese camino llega a un momento decisivo.

    Jesús conduce a sus discípulos hasta Cesarea de Filipo y les hace una pregunta que parece sencilla: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

    Las respuestas son conocidas.

    Unos dicen que Juan el Bautista.

    Otros, Elías.

    Otros, Jeremías.

    La gente reconoce que Jesús es un hombre extraordinario, pero todavía no alcanza a descubrir quién es realmente.

    Entonces Jesús hace una segunda pregunta, mucho más personal: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

    Simón Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

    Y entonces sucede un giro inesperado.

    Jesús no responde hablando de sí mismo.

    Comienza a hablar de Pedro.

    «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan!... Y yo te digo que tú eres Pedro.»

    Es como si dijera: “Ahora que has recibido del Padre la gracia de conocer quién soy yo, ha llegado el momento de que descubras quién eres tú.”

    Aquí aparece una de las grandes enseñanzas del Evangelio.

    Nadie descubre su verdadera identidad comenzando por sí mismo.

    Primero es necesario encontrarse con Cristo.

    Sólo cuando conocemos quién es Él, comenzamos a comprender quiénes somos nosotros.

    6 min
  • Dios ha permitido que cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos su misericordia.

    Durante varias semanas san Mateo ha ido formando pacientemente el corazón de sus discípulos.

    Primero les enseñó que la Palabra sólo puede dar fruto en un corazón dispuesto a escuchar.

    Después les mostró que el Reino crece con la paciencia de Dios.

    Más tarde los condujo a descubrir el tesoro escondido, a reconocer el verdadero alimento que sacia el corazón humano y, el domingo pasado, a aprender a reconocer la presencia de Cristo en medio de la tormenta.

    Hoy el camino continúa.

    Pero ahora la pregunta es distinta.

    ¿Es nuestro corazón tan grande como el corazón de Dios?

    La primera lectura nos ofrece la clave para comprender el Evangelio.

    El profeta Isaías anuncia algo verdaderamente sorprendente para el pueblo de Israel: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos.”

    Israel había recibido la elección de Dios como un privilegio. Pero Dios recuerda que aquella elección nunca tuvo como finalidad excluir a los demás, sino convertirse en instrumento de bendición para todas las naciones.

    El corazón de Dios siempre ha sido más grande que las fronteras de Israel.

    Con esta promesa en el corazón llegamos al Evangelio.

    Una mujer cananea, extranjera, sale al encuentro de Jesús suplicando por su hija.

    Y, para sorpresa nuestra, Jesús guarda silencio.

    Después parece rechazarla.

    Y finalmente pronuncia unas palabras que siempre nos resultan difíciles de escuchar: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”

    6 min
  • Jesús caminando sobre el agua

    La liturgia de este domingo continúa el camino pedagógico que san Mateo viene recorriendo desde el capítulo 9. Después de la llamada de Mateo, el envío de los Doce, el discurso misionero, las parábolas del Reino, el descubrimiento del tesoro escondido y la multiplicación de los panes, el evangelista conduce ahora al discípulo hacia una nueva etapa en su camino de la fe: aprender a reconocer la presencia de Cristo en medio de la tormenta.

    El relato comienza inmediatamente después de la multiplicación de los panes. Los discípulos acaban de ser testigos de uno de los milagros más extraordinarios del ministerio de Jesús e incluso han participado personalmente distribuyendo el pan a la multitud. Humanamente esperaríamos que, después de semejante experiencia, su fe ya no vacilara. Sin embargo, Mateo hace notar que Jesús los obliga a subir a la barca y partir hacia la otra orilla mientras Él permanece orando.

    Este detalle es importante desde el punto de vista espiritual. Los discípulos no están en la tormenta por haber desobedecido al Señor; están allí precisamente porque hicieron lo que Él les pidió. Mateo corrige así una idea muy frecuente entre los creyentes: la fidelidad a Cristo no nos exime de las pruebas. La obediencia no elimina las tormentas de la vida, pero sí garantiza que Cristo vendrá a nuestro encuentro en medio de ellas.

    8 min
  • Denles ustedes de comer!

    Las parábolas del Reino que hemos escuchado durante las últimas semanas nos han conducido gradualmente hasta descubrir el gran tesoro escondido: Cristo mismo. El Evangelio de este domingo da ahora un paso más. Una vez encontrado el Tesoro, el discípulo comienza a descubrir que sólo Él puede saciar el hambre más profunda del corazón humano.

    La primera lectura ofrece la clave para entrar en este misterio. El profeta Isaías dirige una pregunta que sigue interpelando a cada generación: «¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario en lo que no alimenta?». No se refiere únicamente al alimento material, sino al sentido mismo de la vida. Todos buscamos aquello que creemos que nos hará felices: el trabajo, el estudio, el deporte, la seguridad, el reconocimiento, el afecto. Ninguna de estas realidades es mala en sí misma. Sin embargo, la Palabra de Dios nos invita a preguntarnos si alguna de ellas puede sostener el corazón humano y darle su sentido último.

    6 min

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Este podcast, el Oyente de la Palabra, surge de la convicción de que el Ser Humano solo alcanzará históricamente su realización al cimentar toda su existencia en la Palabra que le motiva e ilumina.