El Evangelio de este domingo marca un momento muy importante en el ministerio de Jesús. Hasta ahora lo hemos visto llamar a Mateo, enviar a los Doce, prepararlos para las dificultades y enseñarles a vivir sin miedo, aprendiendo de su corazón manso y humilde.
Pero hoy comienza una etapa nueva en su enseñanza.
San Mateo nos dice que Jesús comenzó a enseñar en parábolas.
Y esto llama tanto la atención que los mismos discípulos le preguntan:
—”¿Por qué les hablas en parábolas?”
Muchas veces pensamos que Jesús utilizaba parábolas para hacer más sencillo su mensaje. Como si quisiera poner ejemplos fáciles para que todos lo entendieran mejor.
Sin embargo, el Evangelio nos dice precisamente lo contrario.
Jesús comienza a hablar en parábolas porque muchos, después de haber visto sus milagros y escuchado sus enseñanzas, siguen sin abrir el corazón.
Por eso cita al profeta Isaías:
“Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán… porque este pueblo ha endurecido su corazón.”
El problema no está en la Palabra de Dios.
El problema está en el corazón que la recibe.
Las parábolas no ocultan la verdad.
La revelan a quien esta dispuesto a dejarse transformar por ella.
Pero sólo puede descubrirla quien está dispuesto a dejarse transformar.
Quizá por eso las parábolas se parecen mucho a aquella historia que el profeta Natán contó al rey David. Natán no comenzó acusándolo directamente de su pecado. Primero le contó una historia. David se dejó involucrar por la historia, se indignó y, sólo al final, comprendió que aquella historia hablaba de él mismo (cf. 2 Sam 12,1-7).