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El virus del ébola vuelve a causar pánico y sufrimiento estos días en la República Democrática del Congo. En la región de Ituri, en el noreste de ese inmenso país, vive desde hace 53 años el misionero español Francisco Ostos, perteneciente a los Padres Blancos, cuya serenidad al hablar de este brote (y de tantas otras cosas) te deja sin habla. Este es el decimoséptimo brote que ha vivido en esa región, y dice que, si los misioneros no estuvieran allí, “esto sería como para que el pueblo se haga un suicidio colectivo”. En Mahagi, ciudad donde se encuentra, solo hay un hospital del Estado en condiciones deplorables. En este momento, la Iglesia se vuelca en la prevención a través de las parroquias, de sus centros de salud y de la radio diocesana. Pero el ébola no es el único problema que asola una región que desde hace cinco años se encuentra en estado de sitio porque hay cuatro grupos rebeldes (auténticos salvajes) que matan, queman y roban todo lo que tenga valor.
Francisco dice que, ante tanto sufrimiento, la gente encuentra en la Iglesia un hogar donde sabe que va a ser atendida y donde se encuentra segura. Cuando le preguntan sobre sus planes, explica que ha pasado por guerras y epidemias junto a su pueblo en estos 53 años de misión, y ahora que cumple 77 no piensa decir adiós. Su vocación misionera comenzó cuando tenía 15 y escuchó en la radio la noticia del martirio de 6 Padres Blancos en la República Democrática del Congo. Lo increíble sucedió: tras muchos giros de vida, entró en la Sociedad de Misiones Africanas y sus superiores, que no sabían nada de eso, le enviaron a reabrir esa misión que estaba cerrada desde el martirio. Y allí sigue. “La gente sabe que en Jesucristo está la respuesta, y por eso las iglesias se llenan de personas todas las mañanas”. Esa es la certeza serena y luminosa que ni las bombas ni los virus han logrado alterar.
By COPEEl virus del ébola vuelve a causar pánico y sufrimiento estos días en la República Democrática del Congo. En la región de Ituri, en el noreste de ese inmenso país, vive desde hace 53 años el misionero español Francisco Ostos, perteneciente a los Padres Blancos, cuya serenidad al hablar de este brote (y de tantas otras cosas) te deja sin habla. Este es el decimoséptimo brote que ha vivido en esa región, y dice que, si los misioneros no estuvieran allí, “esto sería como para que el pueblo se haga un suicidio colectivo”. En Mahagi, ciudad donde se encuentra, solo hay un hospital del Estado en condiciones deplorables. En este momento, la Iglesia se vuelca en la prevención a través de las parroquias, de sus centros de salud y de la radio diocesana. Pero el ébola no es el único problema que asola una región que desde hace cinco años se encuentra en estado de sitio porque hay cuatro grupos rebeldes (auténticos salvajes) que matan, queman y roban todo lo que tenga valor.
Francisco dice que, ante tanto sufrimiento, la gente encuentra en la Iglesia un hogar donde sabe que va a ser atendida y donde se encuentra segura. Cuando le preguntan sobre sus planes, explica que ha pasado por guerras y epidemias junto a su pueblo en estos 53 años de misión, y ahora que cumple 77 no piensa decir adiós. Su vocación misionera comenzó cuando tenía 15 y escuchó en la radio la noticia del martirio de 6 Padres Blancos en la República Democrática del Congo. Lo increíble sucedió: tras muchos giros de vida, entró en la Sociedad de Misiones Africanas y sus superiores, que no sabían nada de eso, le enviaron a reabrir esa misión que estaba cerrada desde el martirio. Y allí sigue. “La gente sabe que en Jesucristo está la respuesta, y por eso las iglesias se llenan de personas todas las mañanas”. Esa es la certeza serena y luminosa que ni las bombas ni los virus han logrado alterar.