El hombre que creó la salsa Sriracha, la de la tapa verde y el gallo, huyó de Vietnam en diciembre de 1978 con todo el oro de su familia escondido dentro de latas de leche condensada. Si alguien abría una sola, se acababa el sueño. Se subió a un barco con casi 3,000 personas más, con su esposa de un lado y su hijo del otro, sin saber a dónde iban.
Llegó a Estados Unidos sin hablar inglés, sin profesión, y con una sola cosa que sabía hacer: salsa picante. Apostó el oro completo y empezó de cero por segunda vez en su vida. Y no le compró nadie. Lo que hizo entonces, con una sola condición, es la razón por la que hoy su salsa está en una de cada tres cocinas de Estados Unidos.
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Yo soy Humberto Herrera. Los sueños se cumplen.