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El 21 de septiembre de 1997, Guo Gangtang regresó en su tractor como cualquier tarde y nadie corrió a recibirlo. Su hijo de dos años, que siempre lo esperaba en la puerta, ya no estaba: frente a su casa había más de 100 personas.
Ató a una moto una bandera con la foto del niño y salió a buscarlo. Durmió bajo puentes, se acabó 10 motos y llegó a quedarse con 15 centavos en la bolsa, sin poder pagar un plato de fideos. En el camino empezó a cargar también las fotos de los hijos de otros, y con las pistas que juntó, la policía regresó a más de 100 niños robados con sus familias. Ninguno era el suyo.
Esta es la historia de un papá que decidió no quedarse en su casa a esperar.
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Yo soy Humberto Herrera. Los sueños se cumplen.
Una mamá llena una solicitud para que el gobierno le ayude a pagar la renta. Cría sola a su hija y ya no le alcanza. Esa hoja la guardó durante años, y tiene algo raro: está llena de garabatos. No son dibujos. Es un libro que nadie le había pedido.
Lo escribía en los cafés, mientras su bebé dormía. Lo tecleó dos veces porque no tenía para fotocopias, y hubo días en que tenía que elegir entre comprar comida o la tinta de su máquina de escribir. Se lo rechazaron una editorial tras otra, y el editor que por fin se lo compró le dijo que nunca iba a ganar dinero con él. Esta es la historia de cómo alguien que le tenía terror al rechazo aguantó un no tras otro.
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Su novia le está pidiendo una sola cosa: que acepte el trabajo que le ofrecieron. Tiene 25 años, le cortaron la luz y el gas, y para calentarse está quemando la pata de una silla que sacó de la basura. La cena la pagó ella. Los cigarros también.
Un soldado no deja salir a un joven de 18 años. Le pone una mano en el pecho y con la otra le señala a un grupo que espera a un lado de la puerta. El joven no sabe para qué es ese grupo, pero en las tripas siente que es algo malo. Pide permiso para regresar por sus cosas, y desaparece.
Se escondió casi dos días en el cuarto del hombre que jalaba la carreta en la que iba a la escuela. Diecisiete años después lo nombraron primer ministro de un país sin agua, sin recursos y sin trabajo. Esta es la historia de cómo lo convirtió en uno de los más ricos del planeta, y de lo que pasó años después con el hombre de la carreta.
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Está formado en una fila para que le den de comer gratis. Acaba de llegar de Ucrania, vive con su mamá en un departamento que les dio el gobierno y en las tardes barre el piso de una tienda de abarrotes. A su mamá le acaban de diagnosticar cáncer.
Veintidós años después vendió WhatsApp en 19 mil millones de dólares. Y el día que firmó, en lugar de hacerlo en una sala de juntas, cruzó las vías del tren, se estacionó frente a un edificio abandonado y firmó recargado en la puerta. Esta es la historia de por qué eligió ese lugar.
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Un hombre de 34 años acaba de vender su casa y está parado dentro de un taller de llantas diminuto y sucio, sin agua corriente, con una letrina de madera en el patio. Su esposa entra, lo mira y se pone a llorar.
Tenía un buen trabajo, casa propia, un hijo de 11 años y otro en camino. Lo dejó todo por un negocio del que no sabía nada, y para comprarlo empeñó hasta su seguro de vida. Años después, su propio abogado le rogó que rompiera un contrato que había firmado con uno de sus empleados. No lo rompió.
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Un hombre de treinta y tantos años está sentado frente a la televisión a las tres de la mañana. Arriba duermen decenas de jóvenes que no son sus hijos, en literas de tres pisos, y todos dependen de él para comer. No tiene un peso. En la pantalla pasan una película mexicana de los sesenta.
Lo que decidió esa madrugada le costó tres costillas rotas, la nariz, un tobillo y los dedos de las dos manos deformados para siempre. Durante seis años nadie en el gremio de la lucha libre supo quién era el hombre detrás de la máscara, y cuando por fin se supo, no fue porque se la quitaran en un ring.
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#AléjateDel97 #FrayTormenta #LuchaLibre #NachoLibre #HistoriasDeÉxito
Un joven duerme en una casa de campaña sobre el suelo congelado de Alaska. Come frijoles de lata. Cada mañana camina al muelle a pedirles trabajo a los capitanes de los barcos pesqueros, y cada mañana se ríen de él.
Podía estar en una oficina con aire acondicionado. Eligió esto porque necesitaba juntar dinero para una idea que un profesor de negocios había calificado como la peor de toda su generación, y que todos los banqueros de su ciudad ya habían rechazado uno por uno. Los únicos que le prestaron dinero fueron los obreros de la refinería donde trabajaba 95 horas a la semana. Hoy Raising Cane's tiene más de mil restaurantes.
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Manuel Cuevas durmió sobre una banqueta un 31 de diciembre. No era indigente: estaba apartando lugar para ver el desfile de las rosas. Al ver pasar los trajes bordados se le metió una idea que no lo soltó nunca.
Ese muchacho de Michoacán terminó cosiendo para Elvis Presley, Johnny Cash, Juan Gabriel y los Tigres del Norte, y aun así pasó quince años haciendo los trajes más famosos del mundo con el nombre de otro hombre en la etiqueta. Cuando por fin puso el suyo, lo perdió todo el mismo día. Y todavía le faltaba empezar de cero una vez más.
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El creador de Tequila Patrón despertaba dentro de su propio coche, estacionado en una calle de Los Ángeles. Treinta y tantos años, divorciado, despedido de tres empresas en tres años. El coche era de las pocas cosas que le quedaban.
Su maestro de preparatoria lo señaló frente a toda la clase como la persona "menos probable de tener éxito en la vida". Años después, con $700 juntados entre dos, fundó una empresa de shampoo con un peluquero escocés que era exactamente su opuesto: "Paul no sabía de negocios y yo no sabía de pelo. Por eso éramos socios perfectos." Lo que ese mismo hombre hizo después con un tequila de Jalisco terminó en una de las ventas más grandes en la historia de la industria.
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