Hijo de inmigrantes rusos de un barrio bravo, había pasado 20 años subiendo en el comercio. Cuando lo echaron, en vez de demandar, se sentó con su socio Arthur Blank a dibujar una idea que Wall Street llamó locura: tiendas gigantes, sin comisiones, atendidas por plomeros de verdad. La llamaron The Home Depot. El día que abrieron, no entró ni un cliente.