A lo largo de la historia, pocas figuras han sido tan absorbidas por la ficción como Alexander Selkirk. Durante más de tres siglos, su nombre ha quedado eclipsado por el del personaje que supuestamente inspiró: Robinson Crusoe. Sin embargo, Selkirk no era un náufrago accidental, ni un colonizador idealizado, ni un héroe romántico del individualismo. Era un marinero escocés de finales del siglo XVII, impulsivo, religioso, dotado de una voluntad férrea y atrapado en las corrientes geopolíticas de una era en la que los océanos eran escenarios de guerra, comercio y supervivencia extrema