Los Reyes Magos viajan desde el oriente para conocer al Salvador de las naciones, adorarle, y ofrecerle a Él sus regalos. Lo mismo hacemos en nuestra adoración a Dios. Viajamos desde lo lejos que nos llevan nuestros pecados, y por gracia y fe somos capaces de postrarnos ante Jesús. Con una gran diferencia: en vez de dar, en nuestra adoración es mucho más lo que obtenemos. Por medio de Cristo recibimos Su Palabra para conocerle, fe para creerle, perdón para sanar nuestras heridas, y vida eterna en el reino que no tiene fin.