El cristiano debe mantenerse alerta, pero no confiar en sus propias fuerzas, sino pedir y recibir la fortaleza que proviene de unirse a Cristo, para perseverar con fidelidad en toda circunstancia.
El gran propósito del maligno es dañar tu corazón, llenarlo de rebeldía, incredulidad y soberbia frente a Dios; pero el cristiano resiste con fe, fidelidad y fortaleza interior sabiendo que Cristo reina en él.