Las “zarzas” son aquello que frena la obra del Evangelio en nuestra vida, como el pecado o los afanes del mundo. Cuando reconocemos esas debilidades y las enfrentamos, la Palabra de Dios puede dar fruto abundante en nosotros.
La mujer, unida a la Iglesia que es madre y esposa, aporta vida y se asocia íntimamente a la causa de Cristo. Su genio femenino, orientado a dar vida, la convierte en ministra de vida natural y sobrenatural en Cristo.