La verdadera generosidad y solidaridad no teme al sacrificio, como la de Cristo, que se dio plenamente por nosotros. Dios inspira una entrega que va más allá del límite humano, tocando el corazón y transformándolo.
El verdadero ministro de Dios se acredita por su semejanza con Cristo, entregando la vida como Él lo hizo. Quien es enviado por Jesús debe estar dispuesto a sufrir y a darlo todo, como lo hizo su Maestro.