La gracia del Espíritu y la alegría pascual brotan de la Cruz. Estamos llamados al arrepentimiento, a vivir el bautismo para entrar en comunidad de fe y guardarse del mundo.
La gracia del Espíritu nace de la Pascua del Señor; no se trata de misterios aislados, sino de un único don: el gran regalo de Cristo que, por su amor, se manifiesta en la gracia de Pentecostés.