Vencemos el rencor y la venganza cuando reconocemos la dignidad del otro como imagen de Dios: al volver a conectar a las personas con Dios, los sentimientos se ordenan y la venganza pierde fuerza.
La verdadera amistad se funda en el amor a Dios, se sostiene en el respeto a la dignidad del otro y busca siempre su bien, incluso cuando exige decir verdades difíciles.