El verdadero amor al prójimo tiene su fundamento en Dios, pues cada persona es creación e imagen Suya. Amar al otro es desear que la victoria del Señor también se realice en su vida.
Hay dos formas de temor: uno que es mundano, que solo teme al castigo; y el otro, el santo temor de Dios, que nace del amor y la gratitud y ordena la vida y las acciones para agradar a Dios y no ofenderlo.