En Jesús se encuentra la misericordia que consuela y a la vez la fuerza que libera: Él es tan cercano y tierno, y a la vez poderoso para vencer el pecado y devolvernos la libertad.
Necesitamos el silencio para escuchar a Dios y dejar nacer su voz en nuestro corazón. Solo desde el silencio nuestras palabras se vuelven verdaderas, profundas y capaces de tocar los corazones.