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Detenerse a respirar con consciencia es tan sencillo como milagroso... respira.
Ojalá pudiéramos pagarlo todo solo con dinero, porque a menudo lo que más caro nos ha salido es lo que nos ha costado pedazos irrecuperables de nosotros mismos.
¿Cuántos de tus comportamientos se basan en una necesidad imperiosa de huir del dolor? ¿Cuántos has normalizado mientras te alejabas de ti?
¿Y si en nuestras relaciones vinculares estableciéramos una palabra que pusiera en pausa al ego y a sus reacciones cuando sentimos que nuestra herida está sangrando?
A veces, un pequeño cambio es todo lo que necesitamos para descubrir nuevos horizontes.
¿Y si hoy te mirases en el espejo sin esperar ver nada concreto? ¿Y si hoy te mirases dispuesto a descubrirte desde los ojos del Amor?
Los adjetivos con los que nos van identificando y con los que nos vamos identificando, nos alejan de nuestra auténtica identidad.
Cuando actúas como tu peor enemigo y estás a merced de tu ego o de tu mente destructiva, ¿quién te protege de ti?
Deberíamos salir de la respuesta automática y darnos el permiso de ser conscientes de cómo nos sentimos en realidad. Negando nuestro sentir no lo vamos a trascender.
Estoy segura de que tienes una caja de herramientas con un montón de “materiales” que te resultaban muy útiles para aumentar tu dicha y que, por desuso, has olvidado.
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