1. Atacarás lo que no te satisfaga y, así, no te darás cuenta de que fuiste tú mismo quien lo inventó. Tu batalla es siempre con las ilusiones. Pues la verdad que yace tras ellas es tan hermosa y tan serena en su amorosa dulzura, que si fueras consciente de ella te olvidarías por completo de tus defensas y te apresurarías a echarte en sus brazos.
La verdad jamás puede ser atacada. Y sabías esto cuando inventaste los ídolos.
Los concebiste precisamente para olvidarte de este hecho.
Lo único que atacas son las ideas falsas, nunca las verdaderas.
Los ídolos son todas las ideas que concebiste para llenar la brecha que crees se formó entre lo que es verdad y tú. Y las atacas por lo que crees que representan Pero lo que yace tras ellas no puede ser atacado.
2. Los dioses que inventaste—opresores e incapaces de satisfacerte—son como juguetes infantiles descomunales. Un niño se asusta cuando una cabeza de madera salta de una caja de resorte al ésta abrirse repentinamente o cuando un oso de felpa, suave y silencioso, emite sonidos cuando lo aprieta.
Las reglas que había establecido para las cajas de resorte y para los osos de felpa le han fallado y le han hecho perder el “control” de lo que le rodea. Ahora tiene miedo, pues pensó que las reglas lo protegían. Ahora tiene que aprender que las cajas y los osos no lo engañaron ni violaron ninguna regla, y que lo ocurrido no quiere decir que su mundo se haya vuelto caótico y peligroso.
Es él quien estaba equivocado. No sabía qué era lo que lo mantenía a salvo y pensó que lo había abandonado.