El 22 de julio de 2018, a las 9:12 de la mañana, en la cumbre del K2 —8.611 metros sobre el nivel del mar, la montaña más letal del mundo—, un polaco de 30 años se calzó los esquís, miró el abismo y se lanzó. No había cuerdas fijas. No había sherpa. No había oxígeno suplementario. Solo una pendiente de hielo azul con inclinaciones de hasta 50 grados, vientos de 100 km/h y la certeza de que, si caía, no habría rescate.