En los años 50, un fármaco para la tuberculosis empezó a llamar la atención por algo inesperado: los pacientes no solo mejoraban del pulmón… ‘les subía el ánimo’. Era iproniazida, y ese ‘efecto secundario’ abrió la puerta a la era moderna de los antidepresivos y a una idea que lo cambió todo: que el estado de ánimo también podía modularse desde la química cerebral. Hoy hablamos de antidepresivos