Era lunes de 1918. A las once de la mañana del onceavo día del onceavo mes del año, el reloj del mundo pareció detenerse un instante para escuchar el sonido más esperado de todos: el silencio. No era un silencio cualquiera, sino el primero en cuatro años en el que no se oían cañones, ni bombas, ni el murmullo dolorido de las trincheras. En un vagón de tren detenido en el bosque de Compièñe, al norte de París, un grupo de hombres con el rostro cansado y los uniformes cubiertos de historia, finalmente firmaban la paz.