Crónicas de una inquilina

Atol de poleada


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Comenzó a llover a eso de las cuatro de la tarde y no ha parado ni un segundo. Fausta se encomienda, le enciende una veladora al Señor de Esquipulas y arropa a sus seis pollitos en la cama con el poncho que le compró por pagos a un vendedor que llega todos los jueves desde Momostenango ajenando [1] fundas para las almohadas, sábanas, ponchos y manteles típicos. Siempre llega con su hijo adolescente y se andan todo el pueblo y las aldeas con sus ventas a mecapal[2]. Fausta les daba dónde calentar las tortillas en el rescoldo del comal, las llevaban en…

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