Este poema de Antonio Machado, perteneciente a su etapa de madurez poética, es una exquisita meditación sobre el paso del tiempo, la melancolía y la fragilidad del recuerdo. Con su característico tono íntimo y contemplativo, Machado nos sitúa en un jardín húmedo, otoñal, donde el rumor del viento y la luz del atardecer evocan una sensación de nostalgia profunda. El poema entrelaza paisaje y emoción, algo esencial en la poética machadiana: la lluvia limpia las hojas, el viento ondula el césped, la alameda murmura… Todo el entorno es un espejo del ánimo del poeta. La naturaleza no es un simple decorado, sino el vehículo de una reflexión interior más honda. Mientras observa el jardín crepuscular, el poeta recuerda versos juveniles y se pregunta qué ha sido de aquel “corazón sonoro” que latía en su juventud. Las “sombras gentiles” que parecen huir entre los “árboles de oro” representan esa vitalidad perdida, esos sueños primeros que se desvanecen con los años. Machado convierte un instante cotidiano —el paseo al atardecer— en una elegía suave, una meditación serena sobre la identidad cambiante, los recuerdos que se escapan y la belleza melancólica del tiempo que pasa. Un poema breve, musical y delicado, donde la sencillez del lenguaje esconde un mundo emocional profundo. - - - Húmedo está, bajo el laurel, el banco de verdinosa piedra; lavó la lluvia, sobre el muro blanco, las empolvadas hojas de la hiedra. Del viento del otoño el tibio aliento los céspedes undula, y la alameda conversa con el viento... ¡el viento de la tarde en la arboleda! Mientras el sol en el ocaso esplende que los racimos de la vid orea, y el buen burgués, en su balcón, enciende la estoica pipa en que el tabaco humea, voy recordando versos juveniles... ¿Qué fué de aquel mi corazón sonoro? ¿Será cierto que os vais, sombras gentiles, huyendo entre los árboles de oro?
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