Un ser majestuoso se presentó ante mí, y su fulgor resultó
deslumbrante. No importa hacia dónde dirija mi mirada, su esencia permanece grabada en lo más profundo de mi alma. Tal vez sea un error intentar dar valor a algo que, por naturaleza, es intangible, pero ¿qué importa si caigo en el
pecado de la admiración? Sentir que la belleza se refleja en nosotros es, en sí misma, una transgresión. Perderse en ella, sintiéndose solo y abandonado por no poseer aquello que solo se concede cuando esa belleza se refleja en los ojos
más profundos, en lo más íntimo de nuestro ser.