Como hijos de Dios, no dependemos de nuestra propia suficiencia, sino de la suficiencia de nuestro Dios Proveedor. Él conoce nuestras necesidades y, conforme a Sus abundantes riquezas en Cristo Jesús, nos sostiene para que permanezcamos firmes en Él. Por eso, nuestra confianza en Su provisión debe conducirnos a una vida de adoración para la gloria de Su nombre.