La robótica deportiva da un salto sorprendente con el Unitree G1, un humanoide capaz de jugar al tenis gracias al sistema LATENT, que aprende a partir de datos imperfectos. Este enfoque redefine cómo entrenar máquinas para tareas complejas, demostrando que no se necesitan entornos ideales para lograr movimientos precisos, fluidos y adaptativos en el mundo real.
En paralelo, el asteroide Ryugu revela un hallazgo clave para la astrobiología: contiene todas las nucleobases del ADN y ARN. Junto con descubrimientos en Bennu, refuerza la hipótesis de que los ingredientes de la vida son comunes en el sistema solar, abriendo nuevas perspectivas sobre el origen de la vida en la Tierra.
Mientras tanto, Niantic reutiliza los datos masivos de Pokémon Go para impulsar robots de entrega mediante su sistema VPS, capaz de ubicarse con precisión centimétrica sin depender del GPS. Un ejemplo claro del poder del crowdsourcing y la reutilización de datos en la economía de la IA.
La inteligencia artificial también impacta la medicina: un emprendedor desarrolló junto a científicos una vacuna mRNA personalizada que mejoró el cáncer de su perro Rosie. Este caso anticipa una medicina más accesible, personalizada y acelerada por IA.
Finalmente, los organoides cerebrales avanzan hacia nuevas fronteras al aprender tareas mediante refuerzo, como el problema del “cart-pole”. Este avance sugiere que la computación adaptativa podría ser una propiedad intrínseca del tejido neuronal, planteando tanto oportunidades médicas como dilemas éticos.