Jesús proclama felices a los pobres de espíritu: quienes viven con el corazón libre, confiado y agradecido. La pobreza evangélica no es miseria, sino desapego interior que permite a Dios reinar. Vivida en trabajo, familia, dinero y oración, genera paz, sobriedad y generosidad, convierte las pruebas en encuentro, evangeliza con el ejemplo y culmina en confianza filial aprendida de María.