Cuando en el año 330 el emperador Constantino I inauguró su “Nueva Roma” sobre el
antiguo asentamiento griego de Bizancio, pocos podían imaginar que estaba sentando
las bases de una de las civilizaciones más duraderas, complejas y fascinantes de la
historia humana. Durante más de mil cien años, el Imperio Bizantino —como lo
bautizarían generaciones posteriores, pues sus habitantes se llamaban a sí mismos
simplemente “romanos”— fue el faro del Mediterráneo oriental, un baluarte de
civilización en medio de guerras, invasiones, crisis teológicas y transformaciones
sociales profundas.