Blade Runner no pregunta qué nos hace humanos: coloca esa duda en el aire, como lluvia que no termina de limpiar nada. Entre recuerdos implantados, animales sintéticos y miradas que fallan la prueba de la empatía, todo se vuelve umbral. Al final, cuando la cacería se convierte en piedad, la película deja una certeza incómoda: lo más difícil de falsificar no es la inteligencia, sino la experiencia íntima de estar vivo.