Antes de Tintín hubo un cuaderno: soldados dormidos, rostros ajenos, una mano joven aprendiendo a mirar sin aparecer. Georges Remi convirtió esa distancia en Hergé, y después en un héroe limpio, veloz, casi sin sombra. Pero detrás de cada línea clara quedaron las dudas, las concesiones y los silencios de un hombre que intentó ordenar el mundo dibujándolo.