En 1983, cuando el glamour todavía era una forma de gobierno y las casas reales parecían más una portada de revista que una institución solemne, Carolina de Mónaco volvió a creer en el amor. No era la primera vez —ya había pasado por un matrimonio breve y melancólico—, pero sí fue la vez más luminosa. Ese año, la princesa de Mónaco y duquesa de Valentinois se casó en segundas nupcias con el multimillonario italiano Stéfano Casiraghi, heredero de una fortuna industrial, deportista temerario y personaje perfecto para un romance que parecía escrito por Hollywood.