Tiempo atrás, cuando alguien, tras un ofrecimiento, tras una afirmación, juraba por su palabra de honor que era una verdad de a puño, nadie podía dudarlo, pues que había firmado el documento de con el sello de no falsificable de su honradez. [Tomado de "mini charlas para gente ocupada" que escribió para usted Monseñor Joaquín Antonio Peñaloza, maestro universitario, investigador, periodista, hombre de contemplación y de acción, de escritorio y de la calle ¡Que le hagan provecho!]