Era el amanecer. La neblina se aferraba aún a los arrozales que rodean la meseta de Kedu, en el corazón de Java Central. No había apenas ruido, salvo el canto de los pájaros y el crujido lejano de una motocicleta. El sol, naciente y tímido, proyectaba una luz cálida sobre una colina extraña, casi artificial en su perfección geométrica. No era una montaña natural, sino una montaña construida por manos humanas: Borobudur.