No suelo subir los escalones sin haberme cerciorado
de varias cosas antes, que valgo como los que antes
han intentado hacerlo, que voy muy bien vestido,
caso que se me caiga encima un cataclismo
o que durante la subida pueda ser que me pierda
ese estrafalario enredo que te trae a lo más alto,
la emboscada eterna mientras pasa la vida.
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Nunca suelo ser el de la meta, con pasarla es bastante,
los maestros son siempre los que son envidiados,
aunque sus testimonios estén en las estrellas,
y ya nadie recuerde el esfuerzo que hicieron.
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Nunca envuelvo ya los duendes, dejo que se defiendan
ellos mismos con sus ranas y sortilegios, sus idas y venidas
a esos reinos desnudos de transparencias y lejos de realidades,
ellos son a veces el fondo de las cosas, la base de los sueños,
el delirante infierno que traen las mentiras, las espumas, los litorales
aquellos andurriales donde esconden los tesoros.
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No suelo bajar a los infiernos, ya vine de los interminables
viajes de los cielos allende años luz por aires siderales,
dejando atrás las amenazas y cientos de planetas
que eran las tenazas nacidas de los odios.
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Prefiero las estrellas o aquel planeta azul
que diviso a lo lejos como piedra preciosa,
como agua marina brillando en nebulosas
o en agujeros negros, quizás haya amor
en el azul profundo que el radar me averigua.
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Chema Muñoz©