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Or


Su primera noche en Chiloé, alguien ya quería que fracasara. O eso cree él.
Cristóbal Medina cruza el canal de Chacao con una maleta, un título de veterinario y cinco años de perritos de bolsillo en Las Condes. Lo espera la Clínica Veterinaria Quetrelhue, una casa de tejuelas donde llueve sobre el zinc, la estufa nunca se apaga y doña Herminia lo recibe con una noticia: el doctor Cárcamo se fue. Un martes. Sin despedirse.
No alcanza a sacarse la parka cuando suena el teléfono. Hay una vaca caída en Huillinco Alto, y en el galpón lo espera doña Clorinda, la meica, rezando entre humo de laurel: la vaca está ojeada.
Esa noche, Cristóbal va a salvar a la Manchada, le van a pagar con una gallina y va a escuchar el primer cassette que le dejó Cárcamo, con tres reglas para sobrevivir en el pueblo. La tercera tiene que ver con un barco.
Y de vuelta a casa, caminando junto al mar, va a escuchar música.
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