Entre el lenguaje de los videojuegos de 16 bits y la nostalgia del indie rock de Toronto, la trayectoria de un autor de cómics se convierte en el registro de una generación. De la euforia de las peleas contra ex malvados a la aceptación de que la madurez es admitir el tachón en la página, el camino se dibuja viñeta a viñeta. Al final, no hay código de trucos para la vida real, solo la decisión de enfrentar la mañana siguiente con todas sus consecuencias.