Buceando el Evangelio

Buceando el Evangelio

By Jesús Rodrigo RodrigoReligion & Spirituality
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Buceando el Evangelio episodes

  • Domingo XII T.O: NO TENER MIEDO
    Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
    En el Evangelio de hoy (cfr Mt 10, 26-33) el Señor Jesús, después de haber llamado y enviado en misión a sus discípulos, los instruye y los prepara para enfrentar las pruebas y las persecuciones que encontrarán. Ir en misión no es hacer turismo, y Jesús advierte a los suyos: “Encontraréis persecuciones”. Los exhorta así: ‘No les tengáis miedo. No hay nada encubierto que no deba ser descubierto (…) Lo que yo les digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz. (…) Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma’ (26-28). Solo pueden matar el cuerpo, no tienen el poder de matar el alma. El envío a la misión de parte de Jesús no garantiza a los discípulos el éxito, así como no los pone a salvo de fracasos y de sufrimientos. Tienen que tener en cuenta tanto la posibilidad del rechazo, como la de la persecución. Esto asusta un poco, pero es la verdad.
    El discípulo está llamado a conformar su propia vida a Cristo, que fue perseguido por los hombres, conoció el rechazo, el abandono y la muerte en la cruz. ¡No existe la misión cristiana a la enseña de la tranquilidad!. Las dificultades y las tribulaciones forman parte de la obra de evangelización y nosotros estamos llamados a encontrar en ellas la ocasión para verificar la autenticidad de nuestra fe y de nuestra relación con Jesús. Debemos considerar estas dificultades como la posibilidad para ser aún más misioneros y para crecer en la confianza en Dios, nuestro Padre, que no abandona a sus hijos en la hora de la tempestad. En las dificultades del testimonio cristiano en el mundo, nunca somos olvidados : siempre estamos asistidos por la solicitud atenta del Padre. Por eso, en el Evangelio de hoy, Jesús asegura tres veces a sus discípulos diciendo: ‘¡No temáis!, ¡No les tengáis miedo!.
    También en nuestros días, hermanos y hermanas, está presente la persecución contra los cristianos. Nosotros rezamos por nuestros hermanos y hermanas que son perseguidos y alabamos a Dios porque, a pesar de ello, siguen testimoniando con valentía y fidelidad su fe. Su ejemplo nos ayuda a no dudar en tomar posición en favor de Cristo, testimoniándolo con valentía en las situaciones de cada día, incluso en contextos aparentemente tranquilos. En efecto, una forma de prueba puede ser también la ausencia de hostilidades y de tribulaciones. Además de ‘como ovejas entre lobos’, el Señor, también en nuestro tiempo, nos manda como centinelas en medio de la gente que no quiere que la despierten del adormecimiento mundano, que ignora las palabras de Verdad del Evangelio, construyéndose sus propias verdades efímeras. Y si vamos a estos contextos o vivimos en ellos y decimos las Palabras del Evangelio, molestaremos y no nos mirarán bien.
    Pero en todo ello el Señor nos sigue diciendo, como decía a los discípulos de su tiempo: ‘¡No les tengáis miedo!’. No olvidemos esta palabra: siempre, cuando tengamos alguna tribulación, alguna persecución, algo que nos haga sufrir, escuchemos la voz de Jesús en nuestro corazón: ‘¡No les tengáis miedo! ‘¡No le tengas miedo: sigue adelante! ¡Yo estoy contigo! No tengáis miedo del que se burla de vosotros y os maltrata, y no tengáis miedo de quien os ignora, o del que “por delante” os alaba pero, a vuestra espalda combate contra el Evangelio. Hay tantos que por delante nos sonríen, pero a nuestras espaldas combaten contra el Evangelio. Todos los conocemos. Jesús no nos deja solos porque somos preciosos para Él. Por eso no nos deja solos: cada uno de nosotros es precioso para Jesús, y El nos acompaña.
    ¡Que la Virgen María, modelo de humilde y valiente adhesión a la Palabra de Dios, nos ayude a comprender que en el testimonio de la fe no cuentan los éxitos, en el testimonio de la fe no cuentan los éxitos, sino la fidelidad; la fidelidad a Cristo, reconociendo en cualquier circunstancia, incluso en las más problemáticas, el don inestimable de ser sus discípulos misioneros!.
    14 min
  • Domingo XI T.O : Ovejas SIN pastor
    Joven: ¡el Evangelio del día de hoy es especialmente PARA TI!. Fíjate bien: ?Al ver Jesús a las personas ?nos dice san Mateo? se compadecía de ellas, porque andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor?. Si la persona del Papa nos atrae tanto, ¡imagínate cómo sería nuestro Señor Jesucristo! Toda su personalidad era fascinante y cautivadora. Su palabra y su talante seducía a multitudes enteras. ?Le seguían grandes muchedumbres de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén y de Judea, y del otro lado del Jordán? -nos cuenta el evangelista- ?y mucha gente, oyendo lo que hacía, acudía a Él? (Mt 4,25; Mc 3,8). Él era de un corazón infinito, generoso, delicado, fuerte, noble, ¡todo lo que tú puedas soñar y pensar de un corazón humano!
    Él era verdadero Hombre. Y, además, verdadero Dios. Su amor y su amistad no tienen medida, ni conocen límites ni fronteras. Él es el único que nos ama como somos, a pesar de nuestras limitaciones y caídas, y su amor es fuerte, incondicional, dulce y total. Él es fiel. Nunca nos engaña ni nos puede fallar.
    ?Jesús se compadecía de las multitudes?. El verbo griego del texto original -el que emplea aquí el evangelista? significa literalmente ?se le conmovían sus entrañas?. Es un sentimiento profundamente humano, de una exquisita ternura paternal ?o maternal?, como nos recuerda el profeta Oseas en aquellas palabras llenas de emoción, que nos hablan del amor de Dios a su pueblo: ?Cuando Israel era niño yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo... Yo enseñé a andar a Efraím, lo levantaba en brazos, pero no reconoció mis desvelos por curarle. Lo atraía con ligaduras humanas, con lazos de amor. Fui para ellos como quien alza a una criatura contra su mejilla, y me bajaba hasta ella para darle de comer...Se me conmueven mis entrañas y mi corazón dentro de mí...? (Os 11, 1-8). Éste es el amor de Dios a sus elegidos, el amor que Cristo nos tiene a cada uno de nosotros.
    Pero el de Cristo no es un sentimiento estéril, sino un compromiso eficaz y operante. El fruto inmediato de esa compasión que siente hacia las multitudes es la elección de sus Apóstoles. ?La mies es abundante ?les dice?, pero los trabajadores son pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande trabajadores a su mies?. Y a continuación aparecen los nombres de los elegidos: los doce Apóstoles, y los envía, haciéndolos partícipes de su propia misión.
    ¿Y no has pensado tú, querido amigo o amiga, que tal vez tu nombre podría estar también incluido entre éstos? ¿No has sentido alguna vez en tu interior la llamada dulce y serena del Señor, que te invita a seguirlo y a ir detrás de Él? ¿No te estará diciendo que Él te quiere como amigo predilecto, como sacerdote, como religioso o religiosa, como misionero? O sin duda te llama a una vocación seglar de mayor entrega a Él y al apostolado. Dios ama a los jóvenes con un amor especialísimo, como se ama la vida, la pureza, la fuerza y la plenitud; y el reto que Él nos presenta es para almas grandes, para corazones nobles, para espíritus magnánimos y generosos como el tuyo.
    No tengas miedo a decirle que ?sí?, como Pedro, Santiago, Juan o el resto de los Doce. Si Él nos da la carga, también nos también las fuerzas para llevarla adelante. Así nos lo atestigua el mismo Evangelio de hoy: Cristo da a sus Apóstoles el poder que necesitan para cumplir la misión que les encomienda. Y, además, Él está a nuestro lado, siempre nos acompaña en nuestro camino.
    Así, pues, si sientes alguna voz dentro de ti o piensas que Cristo te puede estar llamando a seguirlo, sé valiente y generoso. Y si quisieras algún consejo u orientación vocacional, puedes seguir conversando conmigo, a través de Catholic.net. Me encuentras en línea, en el área de consulta espiritual. ¡Que Dios te bendiga, y hasta pronto!
    13 min
  • Corpus Christi: Unión y Comunión
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    En estos domingos la Liturgia nos está proponiendo, del Evangelio de san Juan, el discurso de Jesús sobre el Pan de Vida, que es Él mismo y que es también el sacramento de la Eucaristía. El pasaje de hoy (Jn 6, 51-58) presenta la última parte de ese discurso, y hace referencia a algunos entre la gente que se escandalizaron porque Jesús dijo: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). El estupor de los que lo escuchan es comprensible; Jesús, de hecho, usa el estilo típico de los profetas para provocar en la gente —y también en nosotros— preguntas y, al final, suscitar una decisión. Antes que nada las preguntas: ¿qué significa «comer la carne y beber la sangre» de Jesús? ¿es sólo una imagen, una forma de decir, un símbolo, o indica algo real? Para responder, es necesario intuir qué sucede en el corazón de Jesús mientras parte el pan para la muchedumbre hambrienta. Sabiendo que deberá morir en la cruz por nosotros, Jesús se identifica con ese pan partido y compartido, y eso se convierte para Él en «signo» del Sacrificio que le espera. Este proceso tiene su culmen en la Última Cena, donde el pan y el vino se convierten realmente en su Cuerpo y en su Sangre. Es la Eucaristía, que Jesús nos deja con una finalidad precisa: que nosotros podamos convertirnos en una sola una cosa con Él. De hecho dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (v. 56). Ese «habitar»: Jesús en nosotros y nosotros en Jesús. La comunión es asimilación: comiéndole a Él, nos hacemos como Él. Pero esto requiere nuestro «sí», nuestra adhesión de fe.
    A veces, se escucha esta objeción sobre la santa misa : «Pero, ¿para qué sirve la misa? Yo voy a la iglesia cuando me apetece, y rezo mejor en soledad». Pero la Eucaristía no es una oración privada o una bonita experiencia espiritual, no es una simple conmemoración de lo que Jesús hizo en la Última Cena. Nosotros decimos, para entender bien, que la Eucaristía es «memorial», o sea, un gesto que actualiza y hace presente el evento de la muerte y resurrección de Jesús: el pan es realmente su Cuerpo donado por nosotros, el vino es realmente su Sangre derramada por nosotros. La Eucaristía es Jesús mismo que se dona por entero a nosotros. Nutrirnos de Él y vivir en Él mediante la Comunión eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida, la transforma en un don a Dios y a los hermanos. Nutrirnos de ese «Pan de vida» significa entrar en sintonía con el corazón de Cristo, asimilar sus elecciones, sus pensamientos, sus comportamientos. Significa entrar en un dinamismo de amor y convertirse en personas de paz, personas de perdón, de reconciliación, de compartir solidario. Lo mismo que hizo Jesús .
    Jesús concluye su discurso con estas palabras: «El que come este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 58). Sí, vivir en comunión real con Jesús en esta tierra, nos hace pasar de la muerte a la vida. El Cielo comienza precisamente en esta comunión con Jesús.
    En el Cielo nos espera ya María nuestra Madre —ayer celebramos este misterio. Que Ella nos obtenga la gracia de nutrirnos siempre con fe de Jesús, Pan de vida.
    14 min
  • Santísima Trinidad: Experimentar al DIOS FAMILIA
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    Las lecturas bíblicas de este domingo, fiesta de la Santísima Trinidad, nos ayudan a entrar en el misterio de la identidad de Dios. La segunda lectura presenta las palabras de buenos deseos que san Pablo dirige a la comunidad de Corinto: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2 Corintios 13, 13). Esta —digamos— «bendición» del apóstol es fruto de su experiencia personal del amor de Dios, ese amor que Cristo resucitado le había revelado, que transformó su vida y le “empujó” a llevar el Evangelio a las gentes. A partir de esta experiencia suya de gracia, Pablo puede exhortar a los cristianos con estas palabras: «alegraos; sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir, […] vivid en paz» (v. 11). La comunidad cristiana, aun con todos los límites humanos, puede convertirse en un reflejo de la comunión de la Trinidad, de su bondad, de su belleza. Pero esto —como el mismo Pablo testimonia— pasa necesariamente a través de la experiencia de la misericordia de Dios, de su perdón.
    Es lo que le ocurre a los judíos en el camino del éxodo. Cuando el pueblo infringió la alianza, Dios se presentó a Moisés en la nube para renovar ese pacto, proclamando el propio nombre y su significado. Así dice: «Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Éxodo 34, 6). Este nombre expresa que Dios no está lejano y cerrado en sí mismo, sino que es Vida y quiere comunicarse, es apertura, es Amor que rescata al hombre de la infidelidad. Dios es «misericordioso», «piadoso» y «rico de gracia» porque se ofrece a nosotros para colmar nuestros límites y nuestras faltas, para perdonar nuestros errores, para volver a llevarnos por el camino de la justicia y de la verdad. Esta revelación de Dios llegó a su cumplimiento en el Nuevo Testamento gracias a la palabra de Cristo y a su misión de salvación. Jesús nos ha manifestado el rostro de Dios, Uno en la sustancia y Trino en las personas; Dios es todo y solo amor, en una relación subsistente que todo crea, redime y santifica: Padre e Hijo y Espíritu Santo.
    Y el Evangelio de hoy «nos presenta» a Nicodemo, el cual, aun ocupando un lugar importante en la comunidad religiosa y civil del tiempo, no dejó de buscar a Dios. No pensó: «He llegado», no dejó de buscar a Dios; y ahora ha percibido el eco de su voz en Jesús. En el diálogo nocturno con el Nazareno, Nicodemo comprende finalmente ser ya buscado y esperado por Dios, ser amado personalmente por Él. Dios siempre nos busca antes, nos espera antes, nos ama antes. Es como la flor del almendro; así dice el Profeta: «florece antes» (cf. Jeremías 1,11-12). Así efectivamente habla Jesús: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16). ¿Qué es esta vida eterna? Es el amor desmesurado y gratuito del Padre que Jesús ha donado en la cruz, ofreciendo su vida por nuestra salvación. Y este amor con la acción del Espíritu Santo ha irradiado una luz nueva sobre tierra y en cada corazón humano que le acoge; una luz que revela los rincones oscuros, las durezas que nos impiden llevar los frutos buenos de la caridad y de la misericordia.
    Nos ayude la Virgen María a entrar cada vez más, con todo nuestro ser, en la Comunión trinitaria, para vivir y testimoniar el amor que da sentido a nuestra existencia.
    14 min
  • Pentecostés: Conocer al "Gran Desconocido"
    Hoy celebramos la gran fiesta de Pentecostés, en memoria de la efusión del Espíritu Santo sobre la primera Comunidad Cristiana. El Evangelio de hoy (cf. Juan 20, 19-23) nos remite a la tarde de Pascua y nos muestra a Jesús resucitado que se aparece en el Cenáculo, donde se refugiaron los discípulos. Tenían miedo. «Se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”» (v. 19). Estas primeras palabras que pronuncia el Resucitado: «La paz con vosotros», se deben considerar más que un saludo: expresan el perdón, el perdón concedido a los discípulos que, a decir verdad, lo habían abandonado. Son palabras de reconciliación y perdón. Y nosotros también, cuando deseamos la paz a los demás, estamos dando el perdón y pidiendo perdón también. Jesús ofrece su paz precisamente a estos discípulos que tienen miedo, a los que les cuesta creer lo que han visto, es decir, la tumba vacía, y que subestiman el testimonio de María Magdalena y de las otras mujeres. Jesús perdona, siempre perdona, y ofrece su paz a sus amigos. No lo olvidéis: Jesús nunca se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.
    Al perdonar y reunir a los discípulos en torno a Sí mismo, Jesús hace de ellos una Iglesia, su Iglesia, que es una comunidad reconciliada y lista para la misión. Reconciliados y listos para la misión. Cuando una comunidad no está reconciliada, no está lista para la misión: está lista para discutir dentro de sí misma, está lista para las [discusiones] internas. El encuentro con el Señor Resucitado transforma la existencia de los Apóstoles y los convierte en valientes testigos. De hecho, inmediatamente después dice: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (v. 21). Estas palabras dejan claro que los Apóstoles son enviados a prolongar la misma misión que el Padre ha confiado a Jesús. «Os envío»: no es tiempo de encerrarse, ni de lamentarse: de lamentarse recordando los “buenos tiempos”, el tiempo pasado con el Maestro. La alegría de la Resurrección es grande, pero es una alegría expansiva, que no debe guardarse para sí mismo, es para darla. En los domingos del Tiempo pascual escuchamos primero este mismo episodio, luego el encuentro con los discípulos de Emaús, seguidamente el Buen Pastor, los discursos de despedida y la promesa del Espíritu Santo: todo ello está orientado a fortalecer la fe de los discípulos —y también la nuestra— en vista de la misión.
    Y precisamente para animar la misión, Jesús da a los Apóstoles su Espíritu. El Evangelio dice: «Sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (v. 22). El Espíritu Santo es fuego que quema los pecados y crea hombres y mujeres nuevos; es fuego de amor con el que los discípulos pueden “incendiar el mundo”, ese amor tierno que prefiere a los pequeños, a los pobres, a los excluidos... En los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación hemos recibido el Espíritu Santo con sus dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, temor de Dios. Este último don —el temor de Dios— es precisamente lo contrario del miedo que antes paralizaba a los discípulos: es el amor al Señor, es la certeza de su misericordia y bondad, es la confianza de que podemos avanzar en la dirección indicada por Él, sin perder nunca su presencia y su apoyo.
    La fiesta de Pentecostés renueva la conciencia de que la presencia vivificante del Espíritu Santo habita en nosotros. También nos da el coraje de salir de las cuatro paredes protectoras de nuestros “cenáculos”, de los grupos pequeños, sin acomodarnos en una vida tranquila o encerrarnos en hábitos estériles. Ahora elevemos nuestros pensamientos a María. Ella estaba allí, con los Apóstoles, cuando vino el Espíritu Santo, protagonista con la primera Comunidad de la admirable experiencia de Pentecostés, y le rogamos que obtenga para la Iglesia el ardiente espíritu misionero.
    15 min
  • Ascensión del Señor: Misión y Recuerdo
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor. El pasaje del Evangelio (cfr. Mateo 28, 16-20) nos muestra a los apóstoles que se reúnen en Galilea, en el «monte que Jesús les había indicado» (v. 16). Allí tiene lugar el último encuentro del Señor Resucitado con los suyos, en el monte. El “monte” tiene una fuerte carga simbólica. En un monte Jesús proclamó las Bienaventuranzas (cf. Mateo 5, 1-12); en los montes se retiraba a orar (cf. Mateo 14, 23); allí acogía a las multitudes y curaba los enfermos (cf. Mateo 15, 29). Pero en esta ocasión, en el monte, ya no es el Maestro que actúa y enseña, cura, sino el Resucitado que pide a los discípulos que actúen y anuncien encomendándoles el mandato de continuar su obra.
    Les confiere la misión para todos los pueblos. Dice: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (vv. 19-20). El contenido de la misión encomendadaa los Apóstoles es el siguiente: proclamar, bautizar, enseñar y recorrer el camino trazado por el Maestro, es decir, el Evangelio vivo. Este mensaje de salvación implica, en primer lugar, el deber de dar testimonio —sin testimonio no se puede anunciar— al que también estamos llamados nosotros, discípulos de hoy, para dar razón de nuestra fe. Ante una tarea tan exigente, y pensando en nuestras debilidades, nos sentimos inadecuados, como seguramente los mismos Apóstoles se sintieron. Pero no debemos desanimarnos, recordando las palabras que Jesús les dirigió antes de ascender al Cielo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (v. 20).
    Esta promesa asegura la presencia constante y consoladora de Jesús entre nosotros. Pero, ¿cómo se realiza esta presencia? A través de su Espíritu, que lleva a la Iglesia a caminar por la historia comocompañera de camino de cada hombre. Ese Espíritu, enviado por Cristo y el Padre, obra la remisión de los pecados y santifica a todos aquellos que, arrepentidos, se abren con confianza a su don. Con la promesa de permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos, Jesús inaugura el estilo de su presencia en el mundo como el Resucitado. Jesús está presente en el mundo pero con otro estilo, el estilo del Resucitado, es decir, una presencia que se revela en la Palabra, en los sacramentos, en la acción constante e interior del Espíritu Santo. La fiesta de la Ascensión nos dice que Jesús, aunque ascendió al cielo para morar gloriosamente a la derecha del Padre, está todavía y siempre entre nosotros: de ahí viene nuestra fuerza, nuestra perseverancia y nuestra alegría, precisamente de la presencia de Jesús entre nosotros con el poder del Espíritu Santo.
    Que la Virgen María nos acompañe en nuestra senda con su protección materna: aprendamos de ella la delicadeza y el valor para ser testigos en el mundo del Señor resucitado.
    13 min
  • VI Domingo Pascua: El amor retransmitido y amplificado.
    Al despedirse de los discípulos (cf. Jn 14,15-21), Jesús les tranquiliza, les da paz, con una promesa: «No os dejaré huérfanos» (v. 18). Los defiende de ese dolor, de ese sentimiento doloroso, de la orfandad. Hoy en el mundo hay un gran sentimiento de orfandad: muchos tienen muchas cosas, pero falta el Padre. Y esto se repite en la historia de la humanidad: cuando falta el Padre, falta algo y siempre existe el deseo de encontrar, de reencontrar al Padre, también en los mitos antiguos. Pensemos en los mitos de Edipo, de Telémaco, de muchos otros: siempre buscando al Padre que falta. Hoy podemos decir que vivimos en una sociedad donde falta el Padre, un sentimiento de orfandad que afecta la pertenencia y la fraternidad.
    Por eso Jesús promete: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito» (v. 16). “Yo me voy —dice Jesús—, pero vendrá otro y os enseñará el acceso al Padre. Os recordará el acceso al Padre”. El Espíritu Santo no viene para “hacer clientes propios”; viene para señalar el acceso al Padre, para recordar el acceso al Padre, lo que Jesús ha abierto, lo que Jesús ha mostrado. No existe una espiritualidad solo del Hijo, solo del Espíritu Santo: el centro es el Padre. El Hijo es el enviado del Padre y regresa al Padre. El Espíritu Santo es enviado por el Padre para recordar y enseñar el acceso al Padre.
    Solo con esta conciencia de hijos que no son huérfanos podemos vivir en paz entre nosotros. Las guerras, tanto las guerras pequeñas como las grandes, tienen siempre una dimensión de orfandad: falta el Padre que haga la paz. Por eso, cuando Pedro anima a la primera comunidad a que responda a la gente del porqué son cristianos (cf. 1P 3,15-18), le dice: «Pero hacedlo con dulzura y respeto. Mantened una buena conciencia» (v. 16), es decir, la mansedumbre que da el Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos enseña esta mansedumbre, esta dulzura de los hijos del Padre. El Espíritu Santo no nos enseña a insultar. Y una de las consecuencias del sentimiento de orfandad es el insulto, las guerras, porque si no hay Padre no hay hermanos, se pierde la hermandad. Son —esta dulzura, respeto, mansedumbre—, son actitudes de pertenencia, de pertenencia a una familia que está segura de tener un Padre.
    «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito» (Jn 14,16) que os recordará el acceso al Padre, os recordará que tenemos un Padre que es el centro de todo, el origen de todo, la unidad de todos, la salvación de todos porque envió a su Hijo para salvarnos a todos. Y ahora envía al Espíritu Santo para recordarnos el acceso a Él, al Padre, y esta paternidad, esta actitud fraterna de mansedumbre, dulzura, paz.
    Pidamos al Espíritu Santo que nos recuerde siempre, siempre, este acceso al Padre, que nos recuerde que tenemos un Padre, y a esta civilización —que tiene un gran sentimiento de orfandad— le dé la gracia de encontrar al Padre, el Padre que da sentido a toda la vida y hace que los hombres sean una familia.
    15 min
  • V Domingo de Pascua: Camino, Verdad y Vida.
    En este pasaje del Evangelio (cf. Jn 14,1-14), el discurso de despedida de Jesús, Jesús dice que va al Padre. Y dice que estará con el Padre y también quien cree en él «hará las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y yo os concederé todo lo que pidáis en mi nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo» (vv. 12-14). Podemos decir que este pasaje del Evangelio de Juan es la declaración de la subida al Padre.
    El Padre siempre ha estado presente en la vida de Jesús y Jesús hablaba de esto. Jesús rezaba al Padre. Y muchas veces, hablaba del Padre que cuida de nosotros, como cuida de los pájaros, de los lirios del campo... El Padre. Y cuando los discípulos le pidieron que les enseñara a orar, Jesús enseñó a orar al Padre: «Padre nuestro» (Mt 6,9). Siempre va [se dirige] al Padre. Pero en este pasaje es muy fuerte; y es también como si abriera las puertas de la omnipotencia de la oración. “Porque estoy con el Padre: vosotros pedid y yo haré todo. Pero porque el Padre lo hará conmigo” (cf. Jn 14, 11). Esta confianza en el Padre, confianza en el Padre que es capaz de hacer todo. Este valor para rezar, porque rezar requiere valentía. Se necesita la misma valentía, la misma franqueza que para predicar: la misma. Pensemos en nuestro padre Abraham, cuando “regateaba” con Dios para salvar Sodoma (cf. Gn 18, 20-33): “¿Y si fueran menos? ¿Y menos? ¿Y menos?... Realmente, sabía cómo “negociar”. Pero siempre con esa valentía: “Disculpa, Señor, pero hazme un descuento: un poco menos, un poco menos...”. Siempre el coraje de la lucha en la oración, porque orar es luchar: luchar con Dios. Y luego, Moisés: las dos veces que el Señor hubiera querido destruir al pueblo (cf. Ex 32.1-35 y cf. Nm 11,1-3) y hacerle jefe de otro pueblo, Moisés dijo “¡No!”. ¡Le dijo “no” al Padre! ¡Con valentía! Pero si vas a orar así —[susurra una oración tímida]— ¡esto es una falta de respeto! Orar es ir con Jesús al Padre que te dará todo. Valentía en la oración, franqueza en la oración. La misma que se necesita para la predicación.
    Y hemos oído en la primera lectura de ese conflicto en los primeros días de la Iglesia (cf. Hch 6,1-7), porque los cristianos de origen griego murmuraban —murmuraban, ya se hacía en aquellos tiempos: se ve que es una costumbre de la Iglesia...—, murmuraban porque sus viudas, sus huérfanos no estaban bien atendidos; los apóstoles no tenían tiempo de hacer muchas cosas. Y Pedro [con los apóstoles], iluminado por el Espíritu Santo, “inventó”, por así decirlo, los diáconos. “Hagamos una cosa: busquemos a siete personas que sean buenas y que estos hombres se encarguen del servicio” (cf. Hch 6 2-4). El diácono es el custodio del servicio en la Iglesia. “Y así estas personas, que tienen motivos para quejarse, estén bien atendidas en sus necesidades y nosotros —dice Pedro, lo hemos oído— nos dedicaremos a la oración y al anuncio de la Palabra” (cf. v.5 ). Esta es la tarea del obispo: orar y predicar. Con esta fuerza que hemos oído en el Evangelio: el obispo es el primero en ir al Padre, con la confianza que ha dado Jesús, con el valor, con la parresia, para luchar por su pueblo. La primera tarea de un obispo es rezar. Pedro lo dijo: “Y a nosotros, la oración y la proclamación de la Palabra”.
    Conocí a un sacerdote, un santo párroco, bueno, que cuando se encontraba con un obispo lo saludaba como se debe, muy amable, y siempre le hacía esta pregunta: “Excelencia, ¿cuántas horas reza al día?”, y decía siempre: “Porque la primera tarea es rezar”. Porque es la oración del jefe de la comunidad por la comunidad, la intercesión al Padre para que proteja al pueblo.
    La oración del obispo, la primera tarea: rezar. Y la gente, al ver al obispo rezar, aprende a rezar. Porque el Espíritu Santo nos enseña que es Dios quien “hace la cosa”. Nosotros hacemos un poquitín, pero es él quien “hace las cosas” de la Iglesia, y la oración es la que lleva a la Iglesia hacia adelante. Y para esto los jefes de la Iglesia, por así decirlo, los obispos, deben seguir adelante con la oración
    Esa palabra de Pedro es profética: “Que los diáconos hagan todo esto, así la gente está bien atendida y ha resuelto los problemas y también sus necesidades. Pero a nosotros, los obispos, la oración y la proclamación de la Palabra”.
    Es triste ver a buenos obispos, capaces, personas buenas, pero ocupados en muchas cosas, la economía, y esto y lo otro y lo de más allá... La oración en primer lugar. Luego, lo demás. Pero cuando lo demás roba espacio a la oración, algo no funciona. Y la oración es fuerte por lo que hemos oído decir a Jesús en el Evangelio: «Yo voy al Padre. Y yo os concederé todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, para que el Padre sea glorificado» (Jn 14,12-13) Así sigue adelante la Iglesia, con la oración, la valentía de la oración, porque la Iglesia sabe que sin esta subida al Padre no puede sobrevivir.
    16 min
  • IV Domingo Pascua: Jesús como el BUEN PASTOR y PUERTA de las ovejas.
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    En el Evangelio de este domingo, (cf. Juan 10, 1-10), llamado “el domingo del buen pastor”, Jesús se presenta con dos imágenes que se complementan la una con la otra. La imagen del pastor y la imagen de la puerta del redil.
    El rebaño, que somos todos nosotros, tiene como casa un redil que sirve como refugio, donde las ovejas viven y descansan después de las fatigas del camino. Y el redil tiene un recinto con una puerta, donde hay un guardián.
    Al rebaño se acercan distintas personas: está quien entra en el recinto pasando por la puerta y quien «sube por otro lado» (v. 1).
    El primero es el pastor, el segundo un extraño, que no ama a las ovejas, quiere entrar por otros intereses. Jesús se identifica con el primero y manifiesta una relación de familiaridad con las ovejas, expresada a través de la voz, con la que las llama y que ellas reconocen y siguen (cf. v. 3). Él las llama para conducirlas fuera, a los pastos verdes donde encuentran buen alimento.
    La segunda imagen con la que Jesús se presenta es la de la «puerta de las ovejas» (v. 7). De hecho dice: «Yo soy la puerta: si uno entra por mí, estará a salvo» (v. 9), es decir tendrá vida y la tendrá en abundancia (cf. v. 10).
    Cristo, Buen Pastor, se ha convertido en la puerta de la salvación de la humanidad, porque ha ofrecido la vida por sus ovejas. Jesús, pastor bueno y puerta de las ovejas, es un jefe cuya autoridad se expresa en el servicio, un jefe que para mandar dona la vida y no pide a los otros que la sacrifiquen.
    De un jefe así podemos fiarnos, como las ovejas que escuchan la voz de su pastor porque saben que con él se va a pastos buenos y abundantes. Basta una señal, un reclamo y ellas siguen, obedecen, se ponen en camino guiadas por la voz de aquel que escuchan como presencia amiga, fuerte y dulce a la vez, que guía, protege, consuela y sana.
    Así es Cristo para nosotros. Hay una dimensión de la experiencia cristiana que quizá dejamos un poco en la sombra: la dimensión espiritual y afectiva.
    El sentirnos unidos por un vínculo especial al Señor como las ovejas a su pastor. A veces racionalizamos demasiado la fe y corremos el riesgo de perder la percepción del timbre de esa voz, de la voz de Jesús buen pastor, que estimula y fascina.
    Como sucedió a los dos discípulos de Emaús, que ardía su corazón mientras el Resucitado hablaba a lo largo del camino. Es la maravillosa experiencia de sentirse amados por Jesús. Haceos una pregunta: “¿Yo me siento amado por Jesús? ¿Yo me siento amada por Jesús?”. Para Él no somos nunca extraños, sino amigos y hermanos. Sin embargo, no es siempre fácil distinguir la voz del pastor bueno. Estad atentos.
    Está siempre el riesgo de estar distraídos por el estruendo de muchas otras voces.
    Hoy somos invitados a no dejarnos desviar por las falsas sabidurías de este mundo, sino a seguir a Jesús, el Resucitado, como única guía segura que da sentido a nuestra vida.
    En esta Jornada Mundial de oración por las vocaciones —en particular por las vocaciones sacerdotales, para que el Señor nos mande buenos pastores— invocamos a la Virgen María: Ella acompañe a los diez nuevos sacerdotes que he ordenado hace poco.
    He pedido a cuatro de ellos de la diócesis de Roma que se asomen para dar la bendición junto a mí.
    La Virgen sostenga con su ayuda a cuantos son llamados por Él, para que estén preparados y sean generosos en el seguir su voz.
    13 min
  • III Domingo T.O: Ironia Divina, Expectativas y un Corazon que arde.
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    El Evangelio de hoy, ambientado en el día de Pascua, cuenta el episodio de los dos discípulos de Emaús (cf. Lucas 24, 13-35). Es una historia que comienza y finaliza en camino. De hecho, narra el viaje de ida de los discípulos que, tristes por el epílogo de la historia de Jesús, abandonan Jerusalén y regresan a casa, a Emaús, caminando alrededor de once kilómetros. Es un viaje que tiene lugar durante el día, con gran parte del viaje cuesta abajo. Luego tiene lugar el viaje de regreso: otros once kilómetros, pero recorridos al caer la noche, con parte del viaje cuesta arriba después de la fatiga del viaje de ida y todo el día. Dos viajes: uno fácil durante el día y el otro agotador por la noche. Sin embargo, el primero tiene lugar en la tristeza, el segundo en la alegría. En el primero está el Señor caminando a su lado, pero no lo reconocen; en el segundo ya no lo ven, pero lo sienten cerca de ellos. En el primero están desanimados y desesperanzados; en el segundo corren para llevar a los demás la buena noticia del encuentro con Jesús Resucitado.
    Los dos diferentes caminos de aquellos primeros discípulos nos dicen, a los discípulos de Jesús de hoy, que en la vida tenemos ante nosotros dos direcciones opuestas: hay un camino de los que, como aquellos dos del principio, se dejan paralizar por las desilusiones de la vida y siguen tristemente; y hay un camino de los que no se ponen a sí mismos y sus problemas en primer lugar, sino a Jesús que nos visita, y a los hermanos que esperan que nos ocupemos de ellos. Este es el punto de inflexión: dejar de orbitar alrededor de uno mismo, de las decepciones del pasado, de los ideales no realizados, de las muchas cosas malas que han sucedido en la vida de uno. Tantas veces nos dejamos llevar por ese dar vueltas y vueltas... Déjalo y sigue adelante con la mirada puesta en la realidad más grande y verdadera de la vida: Jesús está vivo, Jesús me ama. Esta es la mayor realidad. Y puedo hacer algo por los demás. ¡Es una hermosa realidad, positiva, solar, bella! La inversión de marcha es ésta: pasar de los pensamientos en torno a mí mismo a la realidad de mi Dios; pasar —con otro juego de palabras— del “si” al “sí”. Del “si” al “sí”. ¿Qué significa eso? “Si Él nos hubiera liberado, si Dios me hubiera escuchado, si la vida hubiera sido como yo quería, si tuviera esto y aquello...”, en tono de queja. Este “si” no ayuda, no es fecundo, no nos ayuda ni a nosotros ni a los demás. Aquí están nuestros “si”, similares a los de los dos discípulos... Pero pasan al sí: “sí, el Señor está vivo, camina con nosotros. Sí, ahora, y no mañana, nos ponemos en marcha de nuevo para anunciarlo”. “Sí, puedo hacer esto para que la gente sea más feliz, para que la gente sea mejor, para ayudar a tanta gente. Sí, sí, puedo”. Del si al sí, de las quejas a la alegría y a la paz, porque cuando nos quejamos, no estamos en la alegría; estamos grises, grises, ese aire gris de tristeza. Y eso ni siquiera nos ayuda a crecer bien. De si a sí, de la queja a la alegría del servicio.
    Este cambio de paso, de yo a Dios, del si al sí, ¿cómo ocurrió en los discípulos? Encontrándose con Jesús: los dos de Emaús primero le abren su corazón; luego le escuchan explicar las Escrituras; luego le invitan a su casa. Son tres pasos que también nosotros podemos dar en nuestras casas: primero, abrir el corazón a Jesús, confiándole las cargas, las dificultades, las desilusiones de la vida, confiándole los “si”; y luego, segundo paso, escuchar a Jesús, tomar el Evangelio en mano, leyendo hoy mismo este pasaje, en el capítulo veinticuatro del Evangelio de Lucas; tercero, rezar a Jesús, con las mismas palabras de aquellos discípulos: “Señor, «quédate con nosotros». (v. 29). Señor, quédate conmigo. Señor, quédate con todos nosotros, porque te necesitamos para encontrar el camino. Y sin ti es de noche”.
    Queridos hermanos y hermanas, en la vida siempre estamos en camino. Y nos convertimos en aquello hacia lo que vamos. Escojamos el camino de Dios, no el camino del ego; el camino del sí, no el camino del si. Descubriremos que no hay ningún imprevisto, no hay cuesta arriba, no hay ninguna noche que no se pueda afrontar con Jesús. Que Nuestra Señora, Madre del Camino, que al aceptar la Palabra hizo de toda su vida un “sí” a Dios, nos muestre el camino.
    16 min

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